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sábado, 31 de mayo de 2008

Las comidas de la cárcel

Leonardo Belderrain*
Publicado por Redes Cristianas

Un camino para comprender cómo comía Jesús

Ayer, recorriendo el penal, descubrí que una de las motivaciones que tenemos en común con las iglesias evangélicas, es poder optimizar el “rancho” y la comida de los presos. En no pocos penales argentinos se estila un ritual -nunca cuestionado por los educadores de la cárcel- en el que el jefe de unidad prueba la comida del día. Todos saben que no es esa la comida que se da a un pabellón en concreto. Pero el ritual se sigue haciendo, quizás en la esperanza inconsciente de que algún día, más allá del ocultamiento, el poder institucional apruebe el alimento que se puede dar moral y prácticamente a los internos.

El esquema penitencia=condena=cárcel, fue tomado de los monjes, quienes comían todos de lo que producía y en lugares comunes. Esta utopía es posible para las cárceles. ¿No generaría una excesiva mimesis el comer con los presos? ¿No sería oportuno hacerlo? ¿No sería interesante que cada penal coma de lo que pueda producir? ¿Mejora las interrelaciones humanas comer en comedores con televisión?

El jueves participé de un almuerzo con internos de un penal, había una fuente de polenta para veinte personas con salsa de tomate que nadie comió, pues sorprendía la grasa que había en algunos bordes. Pregunté si esto era habitual, los internos me respondieron que eso pasaba siempre. Que ellos comían mejor cuando inrtecambiaban bienes con los pabellones de evangelistas. Compartían carne de las dietas de los internos con sida. Poseer películas de DVD ayudaba a mejorar la comida diaria como moneda de trueque. Me resultó curioso observar que en el penal donde mejor comen los internos, mejor come el servicio. Un oficial me decía -en una cárcel en la cual se come muy mal- “yo no voy a poner mucho de mi sueldo para el casino y mejorar nuestra comida, porque ésta debería ser la preocupación del Ministerio”.

La antropología cultural ha mostrado que en todas las sociedades las comidas poseen un enorme valor simbólico. En ellas se reproduce a escala reducida el sistema social y su organización jerárquica. Basta observar cómo nos colocamos todavía hoy en la mesa y el orden en el que se sirven los alimentos, o incluso el hecho de que a las personas de mayor dignidad en la casa se les reserven ciertos alimentos, para darnos cuenta de que todavía hoy las comidas son un medio para reforzar la estructura de un grupo. Esto ocurre en las comidas privadas, pero sobre todo en los banquetes públicos.

Las comidas sirven, al mismo tiempo, para unir a los que las comparten y separarlos de los demás, y por eso son muy eficaces para reforzar las líneas divisorias entre los grupos. Estas fronteras se refuerzan de varias formas. La más importante es la comunión de mesa, es decir, la comida nos une a aquellos con los que comemos y nos separa de aquellos con quien nos está prohibido comer. Estas líneas de separación pueden trazarse también delimitando qué alimentos está permitido comer y cuáles no. Con este mismo objetivo se establecen días en los que los miembros de un grupo celebran comidas especiales, y también días en los que dichos grupos se privan de la comida (ayuno)

Las comidas de Jesús ocupan un lugar considerable en la tradición evangélica. Comer con otras personas fue para Jesús una forma privilegiada de dar a conocer el proyecto de Dios. A Jesús lo encontramos dando de comer a una gran multitud, sentado a la mesa de quienes le invitaban, o en la última cena con sus discípulos. Las comidas fueron tan importantes en su vida, que en los relatos de la resurrección sus discípulos le reconocían con frecuencia al compartir la mesa con Él. Su vida no se entiende sin estas comidas, y tampoco su muerte, porque en cierto modo Jesús murió por la forma en que comía. No es extraño que la forma de comer fuera una cuestión muy importante para sus discípulos también.

Basta con recordar el episodio del encuentro entre Pedro y Cornelio que cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 10,1-11,18), o leer despacio las recomendaciones de la Asamblea de Jerusalén (Hch. 15,1-35) para darnos cuenta que las comidas siguieron siendo muy importantes para los cristianos. La buena noticia evangelica pareceria narrar con cierto detalle como Jesús se sentó a la mesa con un grupo de recaudadores de impuestos en casa de Leví (Mc. 2,14-17). Lucas cuenta cómo Jesús aceptó la hospitalidad de Zaqueo y fue a hospedarse en su casa (Lc. .19,1-10). Y no sólo lo hacía él, sino que cuando envió a sus discípulos a anunciar la buena noticia de la llegada del Reinado de Dios, les recomendó: quedaos en la casa que os reciba, comed y bebed de lo suyo. (Lc. 10,7).Jesús esta para los desplazados

Esta forma de actuar suscitó importantes críticas contra Él. Los fariseos se quejaron a sus discípulos: ¡Vuestro maestro come con publicanos y pecadores! (Mc. 2,16), y el mismo Jesús se hizo eco de estas acusaciones cuando dijo ¡Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores! (Lc. 7,34). Esta acusación revela que tanto para Jesús como para sus adversarios, las comidas con los pecadores eran un asunto capital.

Jesús responde diciendo: ¡No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores! (Mc. 2,17). Esto significa que sus comidas, y en concreto sus comidas con los pecadores y publicanos estaban relacionadas con su misión.

En el Judaísmo había personas con las que no se podía compartir la mesa, porque su forma de actuar (publicanos y pecadores) eran muy rígidos también con las normas acerca de los alimentos puros e impuros, y sobre los días en que se debía ayunar.

Las comidas de Jesús tenían un enorme significado porque violaban casi todas estas normas. Jesús comía con personas con las que un buen judío no debía compartir la mesa. Además declaraba que todos los alimentos eran puros, y para colmo no observaba el ayuno ni quería que sus discípulos lo hicieran (Mc. 2,18-22). Los teologos se han preguntado por qué Jesús se comportó de una forma tan provocadora.

Si las comidas son un microcosmos del sistema social, una forma de comer distinta de la habitual puede ser una forma de poner en crisis dicho sistema social. La sociedad en que Jesús nació estaba determinada por un rígido sistema de pureza, que dividía a los seres humanos según su sexo, su condición social y su pertenencia étnica. Al romper estos esquemas, Jesús quiere romper estas fronteras que separan a los puros de los impuros. El sistema social que aparece en sus comidas es el de una familia en la que todos son iguales. Quizas el pudo mantener aquella apertura irresticta porque tubo una fuerte intimidad en otras comidas como en la casa de Lázaro donde Jesús difrutaba un sano ida y vuelta o en la intimidad con los doce a quien llamaba amigos.

Al abrir de vez en cuando en su compañía a los publicanos y a otros pecadores públicos, Jesús ponía en práctica una estrategia de reintegración social, que también mandó practicar a sus discípulos. Esta estrategia es muy semejante a la que hemos descubierto en el caso de las sanaciones y los exorcismos. Los publicanos, los pecadores, los enfermos y los endemoniados tenían en común algo muy importante: todos ellos habían sido marginados por la sociedad en la que vivían. La forma de actuar de Jesús termina con esta situación de marginación. Finalmente las comidas de Jesús tienen mucho que ver con la llegada del reinado de Dios. Esta relación aparece en sus parábolas y en su predicación. Ya los profetas habían relacionado las comidas con el cumplimiento de las promesas de Dios (Is. 2). Jesús asume y amplía esta relación.

El reino es un gran banquete en el que los puestos de honor se organizan de otra manera; un banquete al que hay que invitar sobre todo a los ciegos, cojos, lisiados, indigentes, etc. (Lc. 14).

Jesús no renunció a este comportamiento contracultural, porque sus comidas expresaban y hacían presente el Reinado de Dios que anunciaba en su predicación. Pienso que compartir la comida no tiene límites. Optimizar el “rancho” y la comida de los presos debería ser un mismo deseo. No debería haber diferencia entre uno y otro. ¿La hay? Pienso que una comida aumenta notablemente la “energía interna ” de un grupo. Lo estimula para proyectarse en la acción, en la misión, en toda la vida. Cuando uno observa que este incremento de energía interna puede separa o dividir personas o grupos, nos damos cuenta que se produjo un aumento de energía libre, por efecto del mismo incremento de energía interna y la disminución del entremezclado amoroso del grupo más amplio. O sea el crecimiento de la energía interna, que resulta tan placentera, se transformó en un disvalor porque no hubo aumento de la “amoromezcla”,. en tal magnitud como para bajar la energía libre.

Energía libre = Energía interna

Amor x acercamiento al azar

(amoromezcla)

El ritual de la comida… es tan parecido al de la docencia… y tanto al de la eucaristía dice Dallo. Todos son vida en acción.

Es sentarse a compartir. Hacerlo sin dudas. Pero hacerlo sin dudas desde el que más sabe hacia el que menos. Si el que invita a comer, el que reúne a un grupo para enseñar o el pastor que predica o comparte una celebración, no se da cuenta que no convoca para dar, sino que se reúnen para darse mutuamente, la comida, el acto docente o la celebración es probable que hayan fracasado antes de comenzar.

Las reacciones que pueden desencadenar la comidas de Jesús en su comunidad, no son muy diferentes a las que pueden generar en nuestro medio a los que les sigue gustando más el rito de la mesa que el “compañero” que comparte, opina y se abre como una funda que se da vuelta. [lo de compañero no tiene otra alusión que valorizar la palabra en su sentido de peso] . El rito de la mesa, también puede separar, o sea aumentar la energía libre.

A los que vivimos en una cultura, hemos mamado sus costumbres, nos han inundado los temores o los peligros y hemos reconocido que nuestro grupo es seguro y aumenta nuestra energía interna… nos resulta muy diícil comer en la cárcel. ¡Cuánto lo necesitaríamos y cuánto lograríamos bajar nuestra energía libre en el entorno social ! Por supuesto con un fuerte ejercicio de amoromezcla. Cada vez necesitamos más claramente afirmar el sentido de nuestra vida en nuestro entorno social en cultura desencantadas, a pesar de haber sido preparado pro el individualismo. Quien sabe las cárceles sean las terapias intensivas de inclusión donde los penitenciarios sean sus terapistas que no recurren al robo de la carne porque simplemente recibieron el alimento “sustancioso”del el estado que los jerarquiza porque son los que concretan la INCLUSION.

Preguntas para charlar con quienes formamos parte del mundo penitenciario

¿Le parece importante y viable que cada unidad se autoabastesca en materia alimentaría ?

¿Se pudo acotar en su unidad el robo de carne?

Usted de vez en cuando ¿ come con excluidos ?

¿Usted tiene sus Betanias con quien le gusta comer y compartir intimidad

¿Cree que de vez en cuando habría que comer todos juntos (internos y personal)?

¿Que haría usted en su penal para que el comer no arruine y nos dignifique?

¿Ayuda la televisión en el rancho a comer mejor?

(*) Padre Dr. Leonardo Belderrain, Bioeticista, Capilla Santa Elena, Parque Pereyra Iraola, Consultoría en Ética Ambiental, Vicaría de la Solidaridad, Diócesis de Quilmes Te. 0221-473-1674

leonardobelderrain@ciudad.com.ar

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MONSEÑOR GOIC Y LA ENSEÑANZA SOCIAL DE LA IGLESIA


Exposición de Monseñor Alejandro Goic, Obispo de Rancagua y Pdte. de la Conferencia Episcopal en el encuentro "Cultura de la Solidaridad y Equidad: ¿Utopía o Proyecto Posible?", realizado recientemente en Santiago de Chile.


Estimados amigos y amigas,

Quisiera expresar mi gratitud al Departamento de Acción Social -DAS Nacional- y la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal de Chile, y a la Vicaría de Pastoral Social y de los Trabajadores del Arzobispado de Santiago, por la invitación a celebrar el Día de las Encíclicas Sociales con este encuentro "Cultura de la Solidaridad y Equidad: ¿Utopía o Proyecto Posible?".

Nuestra Iglesia está llamada a ser discípula misionera de Jesucristo. Ello implica “asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano” (DA 384). Esto que se dice en Aparecida no es nuevo para nosotros, lo que nos desafía es hacerlo actual en medio de los profundos procesos de cambio que vive nuestra sociedad hoy.

Somos testigos de cómo se constituye una sociedad globalizada por la vía del desarrollo económico, tecnológico y de las comunicaciones, que muestra grandes progresos en algunos ámbitos del quehacer humano, beneficiando a algunos sectores del planeta o de las sociedades nacionales. Y que, por otra parte, también presenta situaciones sociales, culturales y éticas inadmisibles que afectan a multitudes que quedan excluidas del desarrollo.

Estos procesos de cambio acelerado inciden directamente en la experiencia cotidiana de personas y comunidades, afectando sus condiciones y estilos de vida, las relaciones sociales y también el sentido trascendente, la relación con Dios y la vivencia de la fe.

Frente a este escenario, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece principios rectores que tienen su centro en la Dignidad de la Persona Humana, hombre y mujer, fundada en el encuentro personal de Dios con el Hombre en la persona de Jesús.

La dignidad humana

El punto de partida de todo orden y forma de convivencia social es el reconocimiento de la dignidad de toda persona humana, dignidad que proviene de la condición de hijos e hijas de Dios, creados a su imagen y semejanza. Reconocer esta dignidad implica comprometerse con el respeto y promoción de los Derechos Humanos. Compromiso valorado por la Iglesia “como uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana” (Compendio de la DSI, 152). De allí que la organización social, las políticas públicas y el ordenamiento económico y político, deben incorporar esta perspectiva, que implica promover la dignidad humana a través del respeto de los DDHH concebidos integralmente, como eje transversal que marca toda la convivencia social.

El Principio Del Bien Común

“De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva, en primer lugar, el principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social para encontrar plenitud de sentido. Según una primera y vasta acepción, por bien común se entiende «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección».

El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro. Como el actuar moral del individuo se realiza en el cumplimiento del bien, así el actuar social alcanza su plenitud en la realización del bien común. El bien común se puede considerar como la dimensión social y comunitaria del bien moral.” (Compendio DSI N° 164)

La responsabilidad de construir el bien común es una tarea de todas las personas y del Estado, porque el bien común es la razón de ser de la autoridad política. El Estado debe garantizar cohesión, unidad y organización a la sociedad civil de la que es expresión, de manera que se pueda lograr el bien común con la contribución de todos los ciudadanos. (…) El fin de la vida social es el bien común históricamente realizable”. (Compendio DSI N° 168)

El Destino Universal De Los Bienes

Un segundo principio que no siempre es bien conocido –ni asumido- pero que está ligado indisolublemente al Bien Común es el del destino universal de los bienes. Ya desde el libro del Génesis se nos enseña que “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de los bienes de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad y capacidad de satisfacer las necesidades del hombre, es el primer don de Dios para el sustento de la vida humana”. (DSI 171)

La persona, en efecto, no puede prescindir de los bienes materiales que responden a sus necesidades primarias y constituyen las condiciones básicas para su existencia; estos bienes le son absolutamente indispensables para alimentarse y crecer, para comunicarse, para asociarse y para poder conseguir las más altas finalidades a que está llamada (Compendio DSI 171).

La riqueza, como resultado de un proceso productivo en el uso de los recursos disponibles, puede y debe estar “guiado por la inventiva, por la capacidad de proyección, por el trabajo de los hombres, y debe ser empleado como medio útil para promover el bienestar de los hombres y de los pueblos y para impedir su exclusión y explotación” (DSI 174).

El principio del destino universal de los bienes nos invita a cultivar una visión de la economía basada en valores que permitan tener siempre presente el origen y la finalidad de los bienes, ya que sólo así la creación de la riqueza pueda asumir una función positiva. Esto no es posible sin un esfuerzo común dirigido a obtener para cada persona y cada pueblo las condiciones necesarias de un desarrollo integral, de modo que todos puedan contribuir a la construcción de un mundo más humano, «donde cada uno pueda dar y recibir, y donde el progreso de unos no sea obstáculo para el desarrollo de otros ni un pretexto para su servidumbre».

El principio del destino universal de los bienes afirma, por una parte el pleno señorío de Dios sobre toda realidad, y por otra la exigencia de que los bienes de la creación sean destinados al desarrollo de todo el hombre y de la humanidad entera. Este principio no se opone al derecho de propiedad, sino que indica la necesidad de reglamentarlo. “La propiedad privada (…) es, en su esencia, sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes, y por tanto, en último análisis, un medio y no un fin” (Compendio DSI 178).

La Opción Por Los Pobres

El principio del destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado. A este propósito se debe reafirmar, con toda su fuerza, la opción preferencial por los pobres.

La miseria humana es el signo evidente de la condición de debilidad del hombre y de su necesidad de salvación. De ella se compadeció Cristo Salvador, que se identificó con sus "hermanos más pequeños" (Mt 25, 40.45). "Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva `anunciada a los pobres´ (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo" (Compendio DSI 183).

La caridad hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de amor fraterno; pero el amor fraterno no se puede reducir a la caridad como limosna, sino que implica atender a la dimensión social y política de la pobreza. Sobre esta relación entre caridad y justicia retorna constantemente la enseñanza de la Iglesia: “Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia” (San Gregorio Magno, citado en el compendio DSI).

La Dignidad Del Trabajo Humano

Por otra parte, la Doctrina Social de la Iglesia ha tenido un especial cuidado por los derechos de los trabajadores que, como todos los demás derechos, se basan en la naturaleza de la persona humana y en su dignidad.

En especial, el Magisterio de la Iglesia ha considerado oportuno enunciar algunos de ellos, indicando la conveniencia de su reconocimiento en los ordenamientos jurídicos: el derecho a una justa remuneración; el derecho al descanso; el derecho a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral; el derecho a que sea salvaguardada la propia personalidad en el lugar de trabajo; el derecho a subsidios adecuados e indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y de sus familias; el derecho a la pensión, así como a la seguridad social para la vejez, la enfermedad y en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral; el derecho a previsiones sociales vinculadas a la maternidad; el derecho a reunirse y a asociarse. Estos derechos son frecuentemente desatendidos, como confirman los tristes fenómenos del trabajo infraremunerado, sin garantías ni representación adecuadas. Con frecuencia sucede que las condiciones de trabajo para hombres, mujeres y niños, especialmente en los países en vías de desarrollo, son tan inhumanas que ofenden su dignidad y dañan su salud (Compendio DSI 301).

LOS DESAFIOS DE LA EQUIDAD EN EL ACTUAL ESCENARIO NACIONAL

Sin duda debemos reconocer importantes avances. Desde el inicio de la transición a la democracia, a principios de los años 90, Chile ha alcanzado logros significativos en materias políticas, económicas y sociales. Así lo demuestran indicadores como el crecimiento económico y la reducción de la pobreza. Según datos de la CEPAL , a la fecha, Chile es el único país de América Latina que ya alcanzó el Objetivo del Milenio propuesto por la Naciones Unidas para el 2015 de reducir a la mitad la pobreza. Del mismo modo, el PNUD sitúa a Chile entre los países con alto desarrollo humano, ocupando el lugar 40 en el ranking que considera 177 países, y el segundo lugar en la región después de Argentina.

Creemos importante en este ámbito resaltar el consenso existente en el país respecto a la necesidad de enfrentar la inequidad, creando espacios de diálogo para generar propuestas que nos ayuden a avanzar hacia un desarrollo más inclusivo. Este ha sido el trabajo realizado por el Consejo Asesor Presidencial sobre Equidad y Trabajo. Esperamos que sus propuestas efectivamente se conviertan en políticas públicas que contribuyan a la superación de las desigualdades y que aquellos aspectos en que no se logró acuerdo, especialmente en materias de institucionalidad laboral, sigan siendo materia de diálogo, pues es dificultoso encontrar caminos hacia una convivencia más equitativa sin considerar un fortalecimiento de la organización de los trabajadores.

En un marco en que existen aspectos muy positivos, a nuestro país se le siguen planteando desafíos serios en materias sociales:

1. Pobreza que disminuye pero que persiste

Reconociendo los avances experimentados por el país, desde amplios sectores políticos y organismos de la sociedad civil se plantean, sin embargo, cuestionamientos de fondo al modelo de desarrollo del país. En materias sociales estos cuestionamientos tienen que ver la persistencia de altos niveles de pobreza en un contexto de alto crecimiento económico. De acuerdo a los datos oficiales entregados por la Encuesta de Caracterización Socioeconómica, CASEN 2006, la pobreza cayó desde un 18.7% de la población en 2003 a un 13.7% en 2006; y los indigentes diminuyeron desde 4,7% a 3,2% en el mismo lapso.

El problema es que de acuerdo a las estimaciones de la Fundación para la Superación de la Pobreza, los pobres son muchos más que los reconocidos por las estadísticas oficiales porque el criterio con que se los ha medido, la llamada línea de pobreza, está obsoleta. En consecuencia, si bien la pobreza y la indigencia han disminuido, lo que nos alegra, los niveles de pobreza e indigencia parecen ser mayores que lo que indican las cifras oficiales. En todo caso, sea cual sea la medición de la pobreza se trata de millones de pobres que nos interpelan, especialmente mujeres, niños y pueblos indígenas.

En la coyuntura actual se suma la preocupación por el impacto que ya está teniendo en la calidad de vida de los más pobres la crisis alimentaria mundial, que en un contexto globalizado también afecta a nuestro país. En efecto, las alzas sostenidas de precios de los alimentos ya está impactando la economía de las familias más pobres, cuyo presupuesto se destina en un alto porcentaje al consumo de alimentos. Los expertos señalan que por esta vía lamentablemente se producirá un alza en los niveles de pobreza, ya que como sabemos ésta se mide precisamente considerando una línea de ingresos que se estable a partir de una canasta básica de alimentos. Frente a ello, desde ya llamamos a las autoridades y a los actores del mundo económico a buscar alternativas para enfrentar adecuadamente este fenómeno.

2. Desigualdad

No obstante, el problema más sustantivo del país se refiere a lo que los obispos hemos denunciado como las “diferencias sociales (…que…) alcanzan niveles escandalosos”, que caracterizan el desarrollo de la sociedad chilena como inequitativo, concentrador y excluyente. En los últimos años, y pese al aumento significativo del gasto social, la distribución de la riqueza ha mantenido una estructura extremadamente desigual: las cifras para el año 2006 indican que el 10% más rico de la población obtiene ingresos equivalentes a 31 veces más que los ingresos del 10% más pobre y que mientras el quintil más pobre de la población accede al 4.1% de los ingresos, el quintil más rico obtiene el 54.6% (coeficiente de GINI = 0.54).

Esta regresiva distribución de los ingresos es sólo una de las expresiones de una desigualdad estructural que también se manifiesta, entre otras realidades, en las oportunidades de acceso a educación de calidad, en las posibilidades de desarrollo de las diversas regiones de un país altamente centralizado, en la segregación urbana y en la inequidad que afecta a las mujeres. En definitiva, “Chile tiene una de las peores distribuciones del ingreso en un continente que tiene, a su vez, la peor distribución del mundo.”

3. Realidad Laboral

Pobreza y desigualdad se relacionan con las condiciones laborales vigentes en Chile. La desigualdad de ingresos chilena se vincula con las diferencias de remuneración del trabajo asalariado. Más de un millón de chilenos -1.066.454 personas entre asalariados y no asalariados- ganan una cifra inferior o igual al ingreso mínimo líquido y aún en los sectores más dinámicos de la economía, como el comercio y el forestal, predominan condiciones laborales precarias y adversas para los trabajadores, en términos del nivel de las remuneraciones, los horarios de trabajo, el acceso a previsión social, entre otras. Estas condiciones se ven agudizadas por la baja tasa de sindicalización, la debilidad de las organizaciones sindicales y una legislación que limita las posibilidades de negociación de los trabajadores.

4. El mundo político

En lo político, Chile vive una etapa de normalidad democrática. En el país incluso se han dado desarrollos significativos en este aspecto, que se reflejan en la elección, por primera vez en la historia chilena, de una mujer a la Presidencia de la República y en el surgimiento de una ciudadanía cada vez más crítica y exigente con las autoridades. No obstante, es posible afirmar que en Chile el proceso de democratización aún presenta debilidades. Como temas de fondo se puede afirmar que la “sustentabilidad y el rendimiento de la democracia chilena están desafiados, entre otras cosas, por la oligarquización de sus élites dirigentes y su débil renovación generacional, por sus débiles vínculos con la producción de conocimientos autónomos, por la debilidad en la formulación de proyectos de largo plazo, y por la transformación de los partidos en máquinas puramente electorales.”

Ello está asociado con el desprestigio de la clase política ante la población, como lo demuestran permanentemente los estudios de opinión pública, con su retracción a los espacios privados, con una baja adhesión a la democracia y un déficit de ciudadanía.

Efectivamente, según el Informe Latinobarómetro 2007, entre los 18 países latinoamericanos, los que registran una mayor adhesión al sistema democrático son Costa Rica con un 83 por ciento, Uruguay (75%), Bolivia y Venezuela (67%) y Ecuador (65%). La media regional se sitúa en 54%. Chile en cambio presenta sólo un 46% de apoyo a la democracia y un aumento de 13 a 21% de quienes se manifiestan a favor del autoritarismo, situación que los autores del estudio atribuyen a la “mala distribución del ingreso y a la ausencia de movilidad social.”

El mismo Informe confirma la existencia de un débil desarrollo de la participación ciudadana. La participación política y social, más allá de la asistencia a votar, (junto a la preocupación por el medioambiente) constituye una materia de segundo orden en el concepto que tienen los latinoamericanos de ciudadanía (pág. 54). Los indicadores de participación ciudadana utilizados por el estudio sitúan a Chile bajo el promedio regional y, en algunos casos, en los últimos lugares. Por ejemplo, la participación en organizaciones políticas y sociales tiene escasa importancia. Mientras a nivel regional, un 31% de los ciudadanos no ha participado nunca en ningún tipo de organización, en Chile esta proporción se eleva al 45% de la población, la más alta junto a la de Ecuador (52%).

5. Medioambiente y Desarrollo Sustentable

Además de las debilidades de carácter sociopolítico, existen crecientes cuestionamientos al costo ecológico de las principales actividades de la economía chilena, como la minería, el sector forestal y el pesquero, todas con impactos medioambientales severos que generan consecuencias adversas en el entorno natural y social y conflictos medioambientales que afectan más gravemente a las comunidades pobres. La política y la institucionalidad medioambiental hasta ahora no han conseguido garantizar un desarrollo sostenible que resuelva los conflictos entre los requerimientos del crecimiento económico y el cuidado del medioambiente.

6. La convivencia cotidiana

Todos hemos sido testigos de un deterioro de la convivencia cotidiana entre los chilenos, que afecta principalmente a los espacios más íntimos. La violencia intrafamiliar, especialmente contra niños y mujeres; la violencia en los barrios y en los estadios, la violencia delictual, son expresiones de una convivencia que en algunos sectores se hace muy difícil. Requerimos reconstituir las confianzas y trabajar por proyectos inclusivos, en que nos respetemos y podamos construir un futuro con sentido de colaboración y fraternidad.

Junto con constatar estas dificultades, reconocemos las experiencias positivas de preocupación por el prójimo y el cuidado del medioambiente, el compromiso serio de muchos por el servicio honesto al Bien Común, las experiencias solidarias de muchos jóvenes, las iniciativas de tantos organismos que trabajan por el desarrollo integral. Todas ellas son signos de esperanza que no siempre son reconocidos por lo medios de comunicación y que pueden ser semilla de una forma de convivencia más fraterna.

Como Iglesia estamos llamados a colaborar en un desarrollo del país en que se promueva y respete la dignidad de cada persona, debemos hacernos cargo de estas realidades y para ello necesitamos contar con la participación de todos –hombres y mujeres- para “trabajar junto a los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano” (DA 384).

Esperamos que estos desafíos estén presentes en el diseño de las políticas públicas, que sean contenido fundamental de los eventos electorales que se avecinan y que sean asumidos como tareas que interpelan también a la sociedad civil y al mundo empresarial, como responsabilidad nacional que cobra especial vigencia en el marco del Bicentenario de la Independencia Nacional, que nos preparamos a celebrar.

Para ello contamos con la riqueza y vigencia de las enseñanzas de la Encíclicas Sociales, que son fuente inspiradora y orientadora para avanzar hacia una cultura de la solidaridad y desarrollo humano integral, más justo e inclusivo.

Muchas Gracias!

Santiago, 15 de mayo de 2008

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EL TRAUMA DE LA CONQUISTA


EUGENIO MAURER ÁVALOS, jesuita,
Misión Jesuita de Bachajón, entre los Tseltales-Mayas
CHIAPAS (MÉXICO).

ECLESALIA, 27/05/08.- Jon Sobrino anota a propósito de la conquista y de la colonización de lo que hoy es América Latina: “el encontronazo entre los pueblos autóctonos y los españoles truncó de la noche a la mañana la... evolución de dichas culturas... [y les impuso] ... un modelo social, político y económico basado en valores y tradiciones que les eran completamente extrañas (Jon Sobrino e Ignacio de Senillosa, “América Latina, 500 años. Problemas pendientes”, Cristianisme i Justicia, nov 92, núm 42).

Hay que preguntarnos si la conquista y la colonia hicieron realidad lo que nos dice San Lucas a propósito de Jesús: “El Espíritu de Señor sobre mí, [dice Jesús] porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos... para dar la liberación a los oprimidos” (Lc 4, 18).

O si más bien la realidad fue la que describe el Chilam Balam: “se introdujo el cristianismo, el principio de nuestra miseria y de nuestra esclavitud...”. “Este Dios verdadero que viene del cielo... Inhumanos serán sus soldados” (Chilam Balam, “El Libro de Chilam Balam de Chumayel”, Biblioteca del estudiante universitario, UNAM 1973).

Pero lo verdaderamente importante para nosotros es que caigamos en la cuenta de que el trauma de la conquista no ha sanado, y eso, debido a que una parte de la sociedad no indígena y del clero de la post-independencia no lo hemos permitido.

Los indígenas no superarán el trauma con la sola ayuda económica que los ayude a salir de su pobreza. La superación del trauma sólo será posible cuando ellos se perciben a sí mismos como personas y como seres humanos en plenitud y en igualdad con los demás mexicanos, y perciban que nosotros los tratamos como tales; y también cuando esa misma sociedad, que somos nosotros, les demos la oportunidad de adquirir fe en sí mismos, y de experimentarse como personas en plenitud, y de ser sujetos de su propio destino.

Por otra parte, es indispensable que las naciones europeas no olviden el trauma causado por sus antepasados y que en el trato a los inmigrados en general, pero sobre todo a los procedentes de América Latina, no permitan que se repita "el trauma de la conquista". (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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viernes, 30 de mayo de 2008

MARÍA REINA DE LAS MISIONES


Virgen de la Buena Nueva: recibiste la Palabra y la practicaste. Por eso fuiste feliz y cambió la historia. Virgen de la misión y del camino, la que llevó a la casita de Isabel la Salvación y a los campos de Belén la Luz del mundo.

Gracias por haber sido misionera. Por haber acompañado a Jesús en el silencio y la obediencia a su Palabra. Gracias porque tu misión fue hasta la cruz y hasta el Don del Espíritu en Pentecostés. Allí nació la Iglesia misionera.

Virgen de la Misión: También nosotros viviremos en misión. Que toda la Iglesia se renueve en el Espíritu. Que amemos al Padre y al hermano. Que seamos pobres y sencillos, presencia de Jesús y testigos de su Pascua. Que al entrar en cada casa comuniquemos la paz, anunciemos el Reino y aliviemos a los que sufren. Que formemos comunidades orantes, fraternas y misioneras.


Virgen de la Misión: nuestra Iglesia peregrina quiere proclamar la fe con la alegría de la Pascua y gritar al mundo la esperanza. Por eso se hunde en tu silencio, tu comunión y tu servicio. Ven con nosotros a caminar.


Amén. Que así sea.

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jueves, 29 de mayo de 2008

APARECIDA: LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR EL POBRE

Gustavo Gutiérrez, op.

El autor, bien conocido por su hondura y coherencia vital, afirma que lo que Aparecida será para la Iglesia depende de su recepción. El colectivo Amerindia, que reúne a católicos de más de veinte naciones de América, ofrece en la red una obra coral de la que este texto es un capítulo [www.amerindiaenlared.org]. Agradecemos la posibilidad de difundirlo y de ahondar en una cuestión tan relevante.


Como en el caso de las anteriores Conferencias episcopales latinoamericanas, la de Aparecida marcará la vida de la Iglesia en el continente.

Ellas son el resultado de procesos largos, con la participación de importantes porciones del Pueblo de Dios, incluso en las asambleas finales, en las que desde Medellín -siguiendo la pista abierta por el Concilio- participan activamente un número importante de laicos, sacerdotes, religiosas, miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones, cuya contribución estuvo, igualmente, presente en la V Conferencia.

La preparación lejana de Aparecida está en los años anteriores, en el compromiso y en la fidelidad de muchos al Evangelio y a los pobres de este continente, pese a todas las dificultades e, incluso, incomprensiones. Está, sobre todo, en "el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo"

(DA 98). Muchos de ellos son conocidos, otros tantos son anónimos, pero todos son "testigos de la fe", como dice el Documento (un reconocimiento y homenaje que habíamos extrañado en las conferencias anteriores). Para quienes siguieron de cerca esta línea en la vida de la Iglesia latinoamericana, tal vez Aparecida no resulte tan sorpresiva.

El camino inmediato a esta conferencia estuvo jalonado por diálogos y consultas con personas de distintas posiciones, así como por diferentes reuniones del CELAM en las que se fue definiendo el perfil de esa asamblea. Apertura que estuvo también presente durante los días de la Conferencia y contribuyó a hacer de ella un momento importante en la vida de la Iglesia latinoamericana y caribeña.

Se ha dicho que Aparecida significa una ratificación de la línea teológicopastoral asumida en las últimas décadas en los encuentros continentales precedentes. Es cierto en varios aspectos. A la vez, o más bien por esa misma razón, lo hace creativamente, con la mirada en el tiempo que viene, teniendo en cuenta los desafíos actuales a la vivencia y al anuncio del mensaje evangélico.

Estas páginas no pretenden comentar el conjunto del Documento, sino simplemente uno de sus ejes, central eso sí, que da estructura al texto y nos proporciona un criterio fundamental de lectura del texto y acontecimiento de Aparecida: la opción preferencial por el pobre. Efectivamente, como se dice en el Documento Final, esta perspectiva es "uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña" (DA 391).

Veremos en primer lugar la insistencia en saber discernir los signos de los tiempos, como lo pedía Juan XXIII convocando al Concilio. Examinaremos, luego, cómo se presenta en Aparecida el fundamento y las implicaciones de la opción por el pobre. Finalmente, subrayaremos una de sus más importantes consecuencias: la relación entre anuncio del Evangelio y la transformación de la historia.

DISCERNIR LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

En el proceso que llevó a Aparecida se fue afirmando, ante la propuesta de numerosos episcopados, la necesidad de asumir nuevamente el método ver, juzgar, actuar.

UNA LECTURA CREYENTE

Desde el inicio Aparecida se propone hacer una lectura creyente de la realidad y la ubica en relación con su tema central: "Como discípulos de Jesucristo nos sentimos interpelados a discernir los' signos de los tiempos', a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y 'para que la tengan en plenitud'(Jn 10,10)" (DA 33).

Como es sabido, quien puso este tema sobre el tapete en nuestra época fue Juan XXIII. La recepción que tuvo esta iniciativa prueba su consonancia con el mensaje cristiano y su sensibilidad creyente. Es una óptica que se entronca con la encamación en la historia del Hijo de Dios, que revela el amor de Dios por el género humano que vive en ese devenir histórico. Ese es su fundamento en la fe y en la teología. Discernir lo que en él corresponde, o no, a las exigencias y presencia del Reino es tarea del conjunto de la Iglesia. Efectivamente, desde un principio quedó claro, en este derrotero, que los acontecimientos históricos que deben ser discernidos no son sólo positivos, hay también, evidentemente, los que no se sitúan en la línea de los valores evangélicos. El asunto es capital para la tarea de proclamación del evangelio; en ese horizonte se colocan los documentos mencionados.

Aparecida ve este discernimiento como una tarea permanente y que debe renovarse continuamente. Una serie de hechos de los últimos años, tanto de orden económico, político, cultural, como en el religioso y cristiano, están diseñando, a un ritmo vertiginoso, una situación inédita que mueve el piso a muchas de nuestras certezas y hace tambalear no pocos proyectos históricos presentes hasta hace muy poco. Sin duda, la historia ha apretado el paso en tiempos recientes.

Obviamente, las formas de entrada de los pobres y oprimidos en el escenario histórico de años anteriores no son las mismas hoy: es necesario estar atentos a las rutas inéditas que toman actualmente. De este modo, el esbozo de la compleja realidad del pobre se va completando, por ensayo y por error, con estridencias y sin ellas, pero finalmente se hace más preciso e interpelante, de lo cual toma nota Aparecida. En otras palabras, nos hallamos ante un proceso en curso, que no ha dado todavía todo de sí.

1) LA CUESTIÓN DEL MÉTODO EN APARECIDA

El camino que debía seguirse para precisar las tareas de la comunidad cristiana en el hoy de América Latina y el Caribe fue un asunto muy debatido en la preparación de Aparecida e, incluso, en la Conferencia misma.

A) VER, JUZGAR Y ACTUAR

Como hemos recordado, partir de un análisis y de una interpretación de la realidad social e histórica se constituyó en un elemento decisivo en los documentos de Medellín y Puebla. No sucedió lo mismo en Santo Domingo debido a indicaciones que respondían al temor de que hacer de ello un primer paso significaba caer, se decía, en el "sociologismo" y renunciar a la perspectiva de la fe cristiana.

Era ignorar el sentido de ese método que sostiene que el ver es ya una lectura creyente; quienes lo practican, después de su lanzamiento por la Juventud Obrera Católica y el, más tarde cardenal Cardijn, lo saben bien.

Algunas comisiones en Santo Domingo hicieron un intento por mantenerlo, pero la indicación general que lo desaconsejaba empobreció, pese a ciertos logros, el producto final. De ello hubo una conciencia clara en Aparecida.

El discurso de Benedicto XVI, de gran influencia en las conclusiones de Aparecida, insiste en el Dios de rostro humano y, por lo tanto, en su presencia en la historia: "Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz" (DI 3). El tema mateano del Emmanuel –de abolengo vetero-testamentario- impregna sus palabras y ofrece un fuerte apoyo para hablar de los compromisos que los cristianos, y la Iglesia en su conjunto, deben asumir ante la situación de América Latina y el Caribe.

Al inicio de su discurso, con un lenguaje que en el pasado algunos veían con desconfianza, el Papa afirma, incluso, que "el Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura" (DI 1). Al hacerse hombre entra en la historia humana y se sitúa en una cultura; son dimensiones necesarias y cargadas de consecuencias para una comprensión apropiada del mensaje cristiano. Un mensaje que se da en la historia, y que al mismo tiempo la transciende.

B) REAFIRMACION DE LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR EL POBRE

Asumimos "con nueva fuerza esta opción..." (DA399), "se confirma nuestra opción..." (Resumen 6), "reafirmamos nuestra opción..." (Mensaje Final 4) mantenemos "con renovado esfuerzo nuestra opción..." (ibid.). Aparecida se sitúa en una continuidad reforzada y creativa de la opción preferencial por el pobre, que dibuja "la fisonomía de la Iglesia" (DA391) en el continente. Es una convicción que la Conferencia plantea como un punto de no retomo.

C) EL FUNDAMENTO CRISTOLÓGICO

Sin duda, una de las aseveraciones más relevantes del discurso inaugural de Benedicto XVI, y de gran influjo en el texto final, concierne al fundamento teológico de la opción por el pobre. Tocar el tema, y hacerlo en términos muy claros, ante la Conferencia episcopal del continente en el que surgió la formulación de esa solidaridad con los pobres fue particularmente significativo.

El Papa encuadra dicha opción recordando que la fe cristiana nos hace salir del individualismo y crea una comunión con Dios y, por eso mismo, entre nosotros: "La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás". La opción por el pobre es un camino hacia la comunión, y encuentra en ella significación más profunda y exigente. El texto que acabamos de citar continúa, en forma inmediata, de este modo: "En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor. 8,9)" (DI 3). Es la fe en un Dios que se ha hecho uno de nosotros y que se manifiesta en el testimonio del amor prioritario de Jesucristo por los pobres.

En esa línea de encarnación es citado el texto en Aparecida. "Nuestra fe proclama que 'Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre' [Iglesia en América 67]" (DA392). Y citando al Papa, dice: "Por eso 'la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecemos con su pobreza' (DI 3)" (id.). "Por eso", equivalente al "en ese sentido" del discurso papal, la mención del rostro de Cristo y del ser humano da el fundamento de esa opción. De modo límpido lo sostiene Aparecida: "Esta opción nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano (cf. Hb 2,11-12)" (id).

Vínculo señalado ya por las tres Conferencias latinoamericanas anteriores. En ellas aparece nítidamente el fundamento cristológico de la opción por el pobre. Pero, indudablemente, la formulación que hallamos en Aparecida da precisión, actualidad y un gran vigor a una perspectiva que ha puesto un sello indeleble en la vida de la Iglesia del continente y más allá de él. De este modo, la opción por el pobre se constituye en un eje del Documento de Aparecida, y lo es porque, precisamente, se trata de un eje de vida y de reflexión para todo seguidor de Jesús.

2. LOS ROSTROS DE LOS POBRES

El Documento deduce una importante consecuencia de lo dicho sobre el fundamento de la opción por el pobre: "Si esta opción -dice- está implícita en la fe cristológica, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos". Ese reconocimiento implica "una mirada de fe" (DA 393).

El tema, de evidente inspiración evangélica, surge, como es sabido, en Puebla (nn. 31-39). Su recepción en las comunidades cristianas del continente y en muchas de sus celebraciones litúrgicas fue enorme. Santo Domingo lo retomó, extendió la lista de esos rostros y pidió que se prolongara. Es lo que ha hecho Aparecida, asumiendo un elemento relevante de la tradición eclesial latinoamericana de las últimas décadas. De modo preciso y firme se sostiene que el reto que viene de esos rostros sufrientes va al fondo de las cosas: "ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas" (DA 393). La razón es clara y demandante, porque "todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: 'Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron' (Mt 25,40)" (id.). Estrecha relación entre Cristo y el pobre: reconocer el rostro de Cristo en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. El texto capital de Mateo 25, de larga presencia en la historia de la evangelización y en la solidaridad con los pobres de este continente, es el basamento de esta perspectiva. Por ese motivo es el pasaje bíblico más trabajado en la teología de la liberación.

A) LA PREFERENCIA POR LOS POBRES

Se trata de una opción, en tanto solidaridad y compromisos firmes; una opción no opcional, como se ha dicho muchas veces. Una opción preferente por los pobres.

El Documento esboza una percepción de la complejidad de la pobreza, que no se limita a su dimensión económica, por importante que ella sea. "El flagelo de la pobreza (...) tiene diversas expresiones: económica, física, espiritual, moral, etc." (DA 176). De ahí su sensibilidad por "la diversidad cultural" del continente que considera "evidente" (DA 56). Valora y considera un kairós, un momento propicio en el continente, la nueva presencia de indígenas y afrodescendientes que puede incluso llevarnos a "un nuevo Pentecostés". En un buen apunte, el Documento dice que ellos "son, sobre todo, 'otros' diferentes que exigen respeto y reconocimiento. La sociedad tiende a menospreciarlos, desconociendo su diferencia" (DA 89). En 38 / (250) efecto, el pobre es el otro de una sociedad que no le reconoce, salvo teóricamente, su dignidad humana.

En la misma vena, y acentuando la complejidad del mundo de la marginación e insignificancia social, Aparecida trata de la situación de la mujer que sufre una ominosa exclusión por varias razones y de quien "urge escuchar el clamor, tantas veces silenciado" (DA454). Para ella vale, asimismo, la cuestión del tipo de alteridad mencionada, de cierta manera la mujer es 'otra' respecto de la sociedad actual, alguien a quien no se reconoce la plenitud de su dignidad humana. El texto pone, además, el acento en las mujeres que pertenecen a poblaciones particularmente marginadas, al mismo tiempo que subraya la actualidad y la premura de ese estado de cosas. "En esta hora –se dice- de América Latina y el Caribe urge escuchar el clamor, tantas veces silenciado, de mujeres que son sometidas a muchas formas de exclusión y de violencia en todas sus formas y en todas las etapas de sus vidas. Entre ellas, las mujeres pobres, indígenas y afrodescendientes han sufrido una doble marginación" (DA454). Doble marginación, sobre la que nos alertaba ya el texto La Opción preferencial por el pobre de Puebla (n. 1135, nota).

Aparecida está atenta también a un punto central de la práctica y la reflexión acerca de la opción por el pobre: los pobres mismos deben ser gestores de su destino. No se trata de hablar por los pobres, lo importante es que ellos tengan voz en una sociedad que no escucha su clamor por la liberación y la justicia. Ellos sienten "la necesidad de construir el propio destino" (DA 53). El proceso de "recuperación de identidades (...) hace de las mujeres y hombres negros sujetos constructores de su historia y de una nueva historia que se va dibujando en la actualidad latinoamericana y caribeña" (DA 97). Esto vale en varios campos: "día a día los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral" (DA 398).

El término preferencia no intenta moderar -y, menos todavía olvidar- la exigencia de solidaridad con el pobre y con la justicia social. No se lo comprende sino en relación con el amor de Dios. La Escritura lo presenta como universal y preferente a la vez. A ello se refería Juan XXIII cuando hablaba de "una Iglesia de todos y particularmente una iglesia de los pobres".

Dos aspectos que están, no en contradicción, pero sí en una tensión fecunda. Limitarse a uno de ellos es perder los dos. Por ello, Aparecida dice -al inicio del capítulo que trata especialmente de la opción por el pobre- que "la misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal.

Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos" (DA 380). En este marco hay que entender el sentido de la prioridad de los insignificantes y excluidos.

Es lo que hace el Documento cuando, al hablar de la opción por el pobre, afirma que "sea preferencial implica que debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales. La Iglesia latinoamericana está llamada a ser sacramento de amor, solidaridad y justicia entre nuestros pueblos" (DA 396).Transversal a todas las instancias eclesiales y no encajonada en determinados sectores, de manera que sea sacramento de amor y justicia. A eso apunta la preferencia y no a amortiguar la radicalidad de la opción.

Por un lado, la universalidad sitúa el privilegio de los pobres en un ancho horizonte de ruta y le exige rebasar continuamente sus eventuales límites; a su vez, la preferencia por los pobres da concreción y alcance histórico a dicha universalidad y le advierte del peligro de permanecer en un nivel engañoso y nebuloso.

B) EVANGELIZACIÓN Y COMPROMISO POR LA JUSTICIA

Son varias las cuestiones que se derivan del modo como es reafirmada y presentada la opción preferencial por el pobre en Aparecida. Nos limitaremos a enfatizar una de ellas.

COMPARTIR UNA EXPERIENCIA

El anuncio del Evangelio procede de un encuentro. Del encuentro con Jesús. Recordarlo le permite al Documento entrar en consideraciones que nos son muy cercanas, que forman parte de muchas experiencias y que van al sentido mismo de la opción preferencial por el pobre.

LA ALEGRÍA DEL DISCÍPULO

Ese compartir nace de la alegría del "encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encamado y redentor (...) deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos (...) darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo" (DA 29). Sin esta experiencia la transmisión del mensaje se convierte en algo frío y lejano que no llega a las personas. La opción por el pobre no escapa al riesgo "de quedarse en un plano teórico o meramente emotivo, sin verdadera incidencia en nuestros comportamientos y en nuestras decisiones" (DA397). La alegría del encuentro con Jesús amplía nuestra mirada y ensancha nuestro corazón.

La opción por los pobres nos pide "dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación"

(id)... No es una cuestión de condescendencia, sino de solidaridad y amistad, y la amistad significa igualdad y justicia, reconocer su dignidad humana.

POBREZAS OCULTAS

"Sólo la cercanía que nos hace amigos -dice Aparecida-, nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres" (DA 398). En efecto, sin amistad no hay auténticamente solidaridad ni un verdadero compartir con ellos, la opción es por personas concretas, hijas e hijos de Dios.

Esta postura nos ayudará a percibir "los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que con mucha frecuencia -dice el Documento con sensibilidad y finura- son pobrezas ocultas" (DA 176). Las hay entre los pobres, son pobrezas modestas, poco llamativas, hechas vida cotidiana, tan asimiladas que de ellas no se habla, vejaciones sufridas como hechos ineluctables, un cierto pudor las cubre con un manto de silencio. Ocurre, sobre todo, con las mujeres de los sectores pobres; marginadas, muchas veces al interior mismo de sus familias, pero no sucede únicamente con ellas.

Todas esas pequeñas (o grandes) miserias sólo salen a la superficie –cuando lo hacen- después de mucho tiempo de amistad, y hasta se pide disculpas para hablar de ellas. Hasta allí hay que ir.

Estas consideraciones no obvian, de ningún modo, que la opción por el pobre significa, asimismo, un compromiso por la justicia (lo veremos en el siguiente párrafo). Simplemente, nos hacen acentuar aspectos que pueden escaparse a una mirada que no cala suficientemente en las hondas dimensiones de la opción por el pobre y en los aspectos más delicados de las personas.

C) LA IGLESIA ABOGADA DE LA JUSTICIA Y DE LOS POBRES

Las acciones por la justicia y la promoción humana no son ajenas a la evangelización. Todo lo contrario. Ellas no terminan allí donde comienza el anuncio del mensaje cristiano, no es una pre-evangelización, constituyen una parte de la proclamación de la Buena Noticia. Esto que hoy es evidente para nosotros, y lo es en Aparecida, es el resultado de un proceso que fue haciendo comprender el sentido de decir "que llegue tu Reino''. Es hablar de la transformación de personas y de la historia en la que el reinado de Dios se hace presente ya, aunque todavía no plenamente. Es una andadura que se acelera desde el Concilio, donde se tomó seriamente la presencia de la Iglesia en el mundo.

Las conferencias episcopales, comenzando por Medellín, afirman que Jesús vino a liberarnos del pecado, cuyas consecuencias son servidumbres que se resumen en la injusticia (Justicia 3). El Sínodo romano sobre Justicia en el mundo (1971) se sitúa en esa línea: la misión de la Iglesia "incluye la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana" (n. 37). Evangelii Nuntiandi (n. 29) recogió la perspectiva; y Juan Pablo II afirmó en Puebla que la misión evangelizadora "tiene como parte indispensable la acción por la justicia y la promoción del hombre" (DI III, 2).

Benedicto XVI recuerda que "la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana" (DI 3; cf. DA 27). Y afirma en su primera encíclica: "Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí" (DCE15). Se trata de una cuestión de principio que las infidelidades a ese postulado en la historia, no lo modifican en tanto que exigencia permanente. En ese orden de ideas, declara abiertamente, en un texto muy influyente en Aparecida: "La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres", y unas líneas más abajo repite la idea: "abogada de la justicia y de la verdad" (DI 4). Textos varias veces citados en Aparecida.

El anuncio del evangelio implica una transformación de la historia que gire en torno a la justicia, a una respetuosa valoración de las diferencias de género, étnicas y culturales, y a la defensa de los más elementales derechos humanos sobre los que debe fundarse una sociedad en la que se viva una auténtica igualdad y fraternidad.

La mesa de la vida

Denunciar la injusticia y proponerse establecer la justicia son expresiones necesarias de la solidaridad con personas concretas. Creemos en un Dios de la vida que rechaza la pobreza inhumana, que no es otra cosa que muerte injusta y prematura. Todos estamos llamados a participar en el banquete de la vida. "Las agudas diferencias -afirma la Conferencia- entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hij os e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres" (Mensaje Final 4). Mesa abierta, de la que nadie está excluido, pero cuyos primeros invitados son los últimos de este mundo.

El Papa, en su discurso inaugural, hizo una interesante alusión al peligro en el mundo de hoy de una actitud individualista e indiferente a la realidad en que vivimos que Aparecida recoge con los mismos términos: "la santidad no es una fuga hacia el intimismo o hacia el individualismo religioso", tendencia muy marcada en la sociedad y en el mundo religioso de hoy. El texto insiste: "tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo y, mucho menos, una fuga de la realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual" (DA 148; cf. DI 3). En efecto, una gran tentación contemporánea en la vida cristiana de la que muchos se ufanan y que da buena conciencia al precio de abandonar el testimonio de Jesús. Como si una postura intimista y recoleta, con la pretensión de moverse en una esfera "exclusivamente espiritual", respondiese fielmente a las exigencias evangélicas.

En la Eucaristía, configurándonos con el Señor, y en escucha orante de su Palabra, hacemos memoria de su vida, testimonio, enseñanza, muerte y resurrección y celebramos con gozo nuestra comunión con Dios y entre nosotros (cf. DA 142).

3. CONCLUSIÓN

El Documento tiene una impronta de esperanza, pero no de ilusiones. Hacia el final del texto se anota que "no hay otra región que cuente con tantos factores de unidad" como América Latina y el Caribe. Pero se trata de una "una unidad desgarrada porque está atravesada por profundas dominaciones y contradicciones" y añade "todavía incapaz de incorporar en sí 'todas las sangres'" (DA 527). La frase de José María Arguedas, con la que caracterizaba al Perú, vale, en efecto, para todo el continente. Ella expresa nuestra diversidad y, también, nuestra riqueza y potencialidades.

Conociéndolas podremos afrontar debidamente los retos que vienen de nuestra situación.

Aparecida ha intentado ver cara a cara esa realidad, sin subterfugios y escapatorias. Ypresenta exigencias a los discípulos de Jesucristo para que cumplan su misión con fidelidad al evangelio. Lo hace convencida de que "la opción preferencial por los pobres nos impulsa, como discípulos y misioneros de Jesús, a buscar caminos nuevos y creativos a fin de responder otros efectos de la pobreza" (DA 409). La opción preferencial por el pobre comprende un estilo de vida que ha inspirado muchos compromisos en tres niveles, diversos pero relacionados: el anuncio de la buena nueva (en los terrenos pastoral y social), tal vez el más visible; el teológico; y, como basamento de todo lo anterior, el de la espiritualidad, el seguimiento de Jesús. Esto la hace uno de los ejes transversales del Documento.

Al inicio de estas páginas decíamos que el acontecimiento y el Documento de Aparecida marcarán la vida de la Iglesia de América Latina y el Caribe en el tiempo que sigue, pero es necesario completar esa afirmación. Esto dependerá de la recepción que le demos a Aparecida, es algo que está en nuestras manos. En las manos de las Iglesias locales, de las comunidades cristianas y de diferentes instancias eclesiales. La exégesis, la interpretación de textos como éste, se hace en los hechos, en la práctica.


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La comida cuesta más cara, también para los pobres

Por Por José Carlos Rodríguez
Publicado por Misioneros Tercer Milenio

Lo que para un ciudadano de un país rico supone la privación de algún capricho, para los habitantes de muchos países empobrecidos supone una auténtica sentencia de muerte; la distancia que separa la supervivencia de un final trágico. Estas son las dramáticas consecuencias a las que está llevando en muchos países del llamado Tercer Mundo el espectacular crecimiento que están registrando los precios de los alimentos de primera necesidad.


En la familia de John Okelo nunca se pasó hambre. Nadie puede pasarla cuando se tienen 15 hectáreas de excelente tierra de cultivo, que todos los años, al caer las primeras lluvias de marzo, recibían miles de semillas de maíz, cacahuetes, mijo, sésamo, patatas dulces, alubias y sorgo, que él y los suyos trabajaban con afán y cuyas cosechas les proporcionaban una dieta sana, además de ganancias para pagar escuela, vestidos, medicinas y transporte. En su amplio recinto criaban también algunas vacas, cabras y gallinas. Pero, a mediados de 2002, todo cambió para este orgulloso campesino de la región de Lira, en el norte de Uganda. Los guerrilleros del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés), que hasta aquella fecha sólo habían combatido más al norte, se extendieron por su región, sembrando el terror. John y su familia lo perdieron todo y no tuvieron más remedio que ir a vivir a uno de los campos de desplazados internos. A finales de aquel año había dos millones de personas en estas condiciones en su país.

A principios de 2007 parecía que las cosas cambiaban cuando la calma volvió a su zona, como consecuencia de las negociaciones de paz entre los rebeldes y el Gobierno. Sin guerrilla que temer, volvieron a su aldea y empezaron a reconstruir sus casas derruidas y a desbrozar sus campos. Pero en junio llegaron las lluvias torrenciales y durante varios meses todo quedó anegado. Tras abandonar su pueblo de nuevo, se marcharon a Lira, donde, con los pocos ahorros que tenían, alquilaron una casucha en uno de los arrabales. Ahora la familia de John Okelo tiene que comprar todos los alimentos que consumen, y cada vez están más caros. Como consecuencia, ahora sólo pueden comer una vez al día, algo por lo que nunca tuvieron que pasar antes.

John Okelo seguramente no lo sabe, pero la subida de precio de los alimentos está pasando en todo el planeta y afecta, sobre todo, a muchos millones de personas que, como él, se han convertido en los nuevos pobres urbanos del Tercer Mundo, que ya no disponen de ninguna parcela para cultivar. Naciones Unidas acaba de decir que, por primera vez en la historia de la humanidad, la población urbana supera a la rural. En África subsahariana, donde más gente sigue viviendo en el campo que en la ciudad, esta proporción se sitúa entre un 35% y un 50%, pero sigue creciendo con rapidez, ya sea porque la gente se ve empujada por guerras o desastres naturales, o simplemente por el señuelo de una vida urbana mejor y más independiente. Al tener que procurarse los alimentos en el mercado –donde los precios suben y no en sus huertas familiares, el hambre vuelve a formar parte de la vida de millones de africanos.

Fenómenos como este suceden hoy más que nunca porque hay menos comida y sus precios suben en todo el mundo. Pero, si para los que vivimos en los países más desarrollados, esto quiere decir simplemente que el pan está más caro y tenemos que apretarnos algo más el cinturón, para los que viven en el Tercer Mundo esto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Ya en noviembre del año pasado el Wall Street Journal advertía que esta es la crisis de los mercados alimentarios más grave de los últimos 30 años y que cada vez más economistas creen que esto se va a prolongar al menos un decenio. El precio de los cereales ya subió el año pasado un 9%, pero este año se ha disparado un 40%. El arroz, base de la alimentación de 3.000 millones de personas, ha subido un 50% desde finales de marzo. Y lo peor está todavía por venir. No hace falta tener un doctorado en Economía para darse cuenta de que los países más vulnerables son los que tienen que importar una parte considerable de sus alimentos y no cuentan con recursos para financiar subsidios encaminados a mantener unos precios que sus habitantes se pudieran permitir.



Cambio climático y biocombustibles

Desde 1970 los stocks mundiales de cereales no habían descendido a niveles tan bajos. ¿Por qué hay hoy menos comida? Huelga decir que una de las causas es que somos más. La población mundial aumenta a un ritmo de 80 millones de personas al año, y todas ellas comen. Pero el tener más bocas para alimentar no sería un problema si no fuera porque la producción de comida ha bajado en picado, y esto ha ocurrido porque en muchos países ha habido sequías e inundaciones, y aquí entramos una vez más en un tema peliagudo: el famoso cambio climático. Uganda, donde vive John Okelo, es uno de los 17 países africanos que el año pasado sufrieron inundaciones nunca vistas en su historia y que dejaron a muchos millones de personas sin hogar y necesitadas de ayuda alimentaria de emergencia. También en Centroamérica y grandes zonas de Asia, ciclones, huracanes y lluvias torrenciales arrasan cosechas. En otros lugares, como en Australia o en África Austral, son las sequías las que dejan los graneros vacíos. Y en todo el mundo se acortan los ciclos de cosecha y los cambios de temperatura generan nuevas plagas a las que los campesinos con pocos recursos no pueden hacer frente.

Pero los precios han subido también porque ha aumentado el precio del petróleo, y como consecuencia los transportes suben. Esto ha hecho entrar, de rebote, un nuevo factor: el aumento mundial de la demanda de los biocombustibles. El último invento humano es que no se cultiva para comer, sino para producir energía. Por eso también sube el precio de la soja y el maíz, porque de la noche a la mañana se convierten en productos más valiosos y terminan por sustituir a otros cultivos. En Guatemala, por ejemplo, donde como en el resto de Centroamérica la base de la alimentación es la tortilla de maíz, el precio de este cereal ha subido un 50%. Si durante las épocas coloniales el “diente dulce” de los europeos obligó a los africanos a reducir su producción de alimentos para poder proveer a sus metrópolis de azúcar, café y té, hoy se hace algo muy parecido por el ansia de llenar el tanque de combustible a cualquier precio.

Además, en el mundo aumenta la clase media, sobre todo en países como China, India, Vietnam, Turquía y Brasil. El hecho, que en sí mismo es positivo, genera un fenómeno curioso: estas personas, al tener más dinero, modifican sus hábitos alimentarios y empiezan a comer tres veces al día y a consumir más carne y leche. La consecuencia es un alza en la demanda de cereales para la alimentación del ganado. En Estados Unidos, por ejemplo, hacen falta tres kilos de piensos para que una vaca engorde un kilo, y dos kilos para lograr el mismo resultado con un cerdo. Y, al final, las grandes fincas de agricultura comercial producen más para alimentar animales que para dar de comer a seres humanos.

Pero para muchos analistas lo que más determina la producción mundial de alimentos son las políticas gubernamentales, que suelen favorecer con creces a los productores, más que a los consumidores, que paradójicamente somos todos. Los agricultores de los países productores están bien organizados, son capaces de ejercer una gran presión social e incluso de paralizar la economía de un país y poner a sus Gobiernos contra las cuerdas, como ocurrió recientemente en Argentina. Esto explica los subsidios, tarifas comerciales y el sinfín de reglas que hacen que el comercio internacional de alimentos se rija más que nunca por la ley del más fuerte.



Los que pagan los platos rotos

No por muy repetido deja de ser verdad que, cuando hay crisis económicas, las peores consecuencias las acaban pagando los más pobres. Así lo manifestó el comisario para Desarrollo de la Unión Europea, Louis Michel, el pasado 7 de abril, cuando afirmó que el alza mundial de los precios de los alimentos amenaza con causar “un tsunami económico y humanitario en África”. Según datos de la FAO, 37 países (de los cuales, 26 en África) necesitaron ayuda alimentaria exterior durante 2007 debido a catástrofes naturales o guerras. Para este año, el Programa Alimentario Mundial (PAM) acaba de decir que necesita urgentemente 500 millones de dólares (sobre una cantidad prevista inicial de 2.900 millones) para cubrir su presupuesto y poder alimentar a 73 millones de personas, sobre todo en países donde la ayuda es más urgente, como Zimbabue, Eritrea, Sierra Leona, Madagascar y Afganistán. Según el PAM, una ración de comida en Ruanda cuesta hoy un 40% más que en junio de 2007. Y los que necesitan más su ayuda (el 80%) son mujeres y niños.

El alza mundial de los precios de los cereales influye también poderosamente en el desarrollo de conflictos sociales. Las revueltas populares han marcado el desarrollo de las recientes elecciones municipales en Egipto, país donde cada persona consume un promedio de 400 gramos de harina de trigo al día y que en un año necesita 13 millones de toneladas de trigo. En enero de 2008 el Gobierno importó 5,6 millones de toneladas, un 78% más que el año anterior; una pesada carga que su presupuesto no puede soportar. Las colas interminables para comprar el pan del día en las calles de El Cairo se han convertido en una estampa habitual que ilustra el desabastecimiento de pan y el origen de la ira de las multitudes. Por las mismas fechas grupos de manifestantes en Haití, que sigue siendo el país más pobre de América Latina, estuvieron a punto de ocupar el palacio presidencial durante las protestas callejeras por el coste de la vida.

Esta cólera también se ha visto durante los últimos meses en otros países de distintos rincones del globo: disturbios en Yemen, México, Uzbekistán y, sobre todo, en África negra, muchos de cuyos Gobiernos se están endeudando de nuevo para poder pagar sus importaciones de alimentos, si es que pueden importarlos. Senegal, por ejemplo, sólo produce 100.000 toneladas de arroz de las 800.000 que necesita anualmente. Pero Vietnam, el primer suministrador, ha suspendido sus exportaciones y sólo Tailandia y la India mantienen sus ventas, pero con cuentagotas.

A finales de febrero la capital de Camerún, Yaundé, fue escenario de manifestaciones violentas, sobre todo por parte de los sindicatos de transportistas, en las que murieron un centenar de personas. Y el 13 de marzo, en Burkina Faso, varias ciudades registraron incidentes violentos serios entre las fuerzas de seguridad y manifestantes que protestaban contra la carestía de la vida. En Guinea Conakry, la situación es también caótica. Así lo explica Macky Bah, director de la Asociación de Cooperación para el Desarrollo: “Un saco de 50 kilos de arroz importado cuesta ahora 150.000 francos (23 euros), en lugar de los 130.000 (20 euros) que costaba el año pasado, mientras que el salario de los funcionarios de base se ha estancado en 500.000 francos (76 euros). Y el arroz producido en el país cuesta más caro que el importado”.

A 3.000 kilómetros de distancia en el mismo continente, en Uganda, a John Okelo, a sus cincuenta y tantos años, le cuesta entender cómo es esto posible. A él sus padres le enseñaron que para alimentar a su familia tenía que preparar sus campos en febrero, plantar las semillas en marzo, quitar los hierbajos en abril, recolectar en junio y repetir el mismo ciclo a partir de julio, cuando empezaba la siguiente estación de lluvias. Pero ahora ya no llueve, o cae demasiada agua, o una guerra te empuja a la ciudad. Y en la ciudad ya no le vale la sabiduría ancestral que le transmitieron. Allí los alimentos hay que comprarlos, y cada vez son más caros. Lo malo es que cuanto más suben los precios, más se dispara también el hambre.

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Que tengan vida en abundancia...

Publicado por Esquila Misional

Su nombre es Daria Gabardi, italiana de origen y misionera comboniana desde hace más de 40 años. Ella nos cuenta cómo ha mantenido su compromiso con los más pobres durante este tiempo.


«Puedo decir que mi vocación nació y creció a través de las actividades de la parroquia de mi pueblo, sobre todo en la Acción Católica, que en aquellos años era muy activa. En un momento dado de mi vida sentí el deseo de ensanchar mi horizonte y de orientarme hacia la misión; hacia las personas más lejanas y necesitadas. África me parecía la respuesta más adecuada a mis inquietudes, pero después de profesar como misionera comboniana, mi primera experiencia fue con los afroamericanos de Estados Unidos. Fue una vivencia muy fuerte, porque eran años de una dura discriminación, casi podríamos llamarla “persecución”. Era el tiempo de Martin Luther King. Más tarde, en los años 80 partí para África, donde viví experiencias muy variadas.

Experiencias africanas
En la vida sencilla de un pueblito del sur de Zambia constaté la lucha de la gente por sobrevivir. Allí donde faltaban los artículos básicos para la supervivencia como el agua, la leña, la comida, el jabón… aprendí a estimar los valores de este pueblo: la hospitalidad, el respeto, su gran confianza en la Providencia, el amor a la vida expresado en el canto, la danza y el redoble de sus tambores; una arraigada religiosidad, aún entre los no cristianos.
Años más tarde, trabajé en los campos de refugiados mozambiqueños en Malawi, donde compartí el sufrimiento de la gente que escapaba de la guerra. Cuando llegaban exhaustos de la selva, teníamos muy pocas cosas materiales que ofrecerles. A menudo llegaban heridos, desnutridos y despojados de todo. La mayoría eran mujeres y niños que habían perdido todo, incluso a sus seres queridos. Pude constatar cómo, al sentirse integrados en una comunidad cristiana en la misión, se les abría el corazón a la esperanza y el deseo de ver el futuro con optimismo.

Esta vivencia se completó en Lusaka (Zambia), con los refugiados ruandeses y burundeses que escapaban del genocidio en 1994. Fue extraordinario recibir y proteger a esta gente aterrorizada por lo que había vivido. Como misioneras, los asistimos, los animamos y rezamos con ellos; también preparamos un camino de aceptación, perdón y ayuda para reiniciar sus vidas. Encontré ejemplos admirables de valor y espíritu de adaptación a la precariedad de su nueva vida. Asimismo, resplandecían ejemplos luminosos de fe, un deseo insaciable de encontrar a Dios y una esperanza sin precedentes en su bondad, misericordia y protección.

Mi última experiencia misionera en África fue con los enfermos de sida en un centro de acogida al oeste de Zambia. Esta enfermedad causa un sufrimiento inaudito no sólo en el enfermo sino en toda la familia, en su tejido social, incluidos los niños. Las consecuencias son múltiples y muy dolorosas: la pérdida del trabajo, la incapacidad de procurar el sustento familiar y la educación de los hijos… Para muchos jóvenes, la enfermedad pone sobre sus familias una carga insoportable que se añade a la ya pesada lucha cotidiana. Esta enfermedad conduce a una muerte cierta, pero larga y dolorosa. La persona ve su cuerpo desintegrarse y se da cuenta de la impresión que causa a los que la rodean, por eso también la dignidad personal y la autoestima sufren terriblemente, llevándolos al desánimo, a la depresión y a veces, hasta al suicidio.

Como respuesta a esta situación se formaron grupos de apoyo y oración. El encuentro semanal ayuda a los enfermos a salir de sí mismos y de su marginación; los ayuda a conocerse, a ser solidarios y apoyarse mutualmente. La reflexión sobre la palabra de Dios les abre el corazón a la esperanza. Sentirse aceptados les hace superar la angustia de la deshumanización y del ostracismo.

Cuarenta años de compromiso
Al recordar esto, surgen en mí una multitud de nombres y rostros conocidos y amados. Quisiera llamarlos y preguntarles cómo están, pero están lejos de mí, dado que actualmente estoy en Italia. ¿Qué o quién me ha sostenido en este compromiso con los más pobres durante 40 años? Dos textos bíblicos me han acompañado continuamente durante este tiempo. El primero:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, él me ha llamado y me ha ungido, me ha enviado para llevar la Buena Noticia a los pobres, para abrir los ojos de los ciegos, el oído a los sordos, liberar a los prisioneros de la esclavitud”. Y del Evangelio de san Juan: “Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia”.

El deseo que tenía de joven de compartir mi fe y mi amor por el Señor ha sido siempre mi guía y mi fuerza. Estoy muy agradecida con Dios porque me ha pedido mucho, pero es mucho más lo que me ha dado a través de todas estas experiencias con distintos pueblos, a través de todas las personas que he encontrado en mi vida y que me han enriquecido y transformado».

Hna. Daria Gabardi, mc

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WebJCP | Abril 2007