
Pronto celebraremos de nuevo la Navidad: la fiesta del Amor de Dios por los hombres. El misterio de la humanidad de Dios que conlleva la maravillosa esperanza y la fe en que el ser humano está llamado a entrar en la dimensión divina. En medio de nuestro mundo agobiado en crisis y conflictos este misterio encierra una radicalidad enorme. El misterio de Dios hecho hombre es a la vez el misterio del hombre llamado a ser uno con Dios. Todo ser humano, en cualquier parte del mundo, de toda época... Toda historia humana, todo amor humano, toda alegría, toda esperanza, todo esfuerzo, toda entrega, pero también cada sufrimiento, cada tristeza, cada frustración, cada existencia hundida en la frustración, la apatía e incluso el odio, cada biografía marcada por la insatisfacción o el desamor, cada historia marcada por la enfermedad o la injusticia... todo lo humano está llamado a ser uno en Dios. La grandeza de este misterio trasciende nuestra capacidad de comprensión y –a veces también– nuestra esperanza.
Cómo vivir la esperanza en medio de la des-esperanza
La mejor lección sobre la esperanza la recibí hace unos meses del padre Javier Giraldo, un jesuita colombiano, teólogo y sociólogo, fundador de las Comunidades de Paz: un enclave de esperanza en medio de esa Colombia tan golpeada por la violencia, la corrupción, la desconfianza. Las Comunidades de Paz son pueblos que se resisten a ser cómplices de una guerra de baja intensidad que cobra más víctimas que la injusta guerra de Irak. Estas iniciativas parten del principio de neutralidad ante la presencia de todos los actores armados en ciertos territorios de Colombia. Sus habitantes han optado libremente por vivir en una zona que rechaza abierta y radicalmente la complicidad con los grupos de intereses económicos, políticos y militares. Esto incluye el rechazo a colaborar con el ejército y los grupos paramilitares en su cacería contra presuntos agentes de la guerrilla, pero también implica el no hacer causa común con los movimientos subversivos armados. Una opción tan nítida por la paz se convierte, en un contexto marcado por la violencia y la desigualdad, en un verdadero acto de rebeldía, por lo que, además de las muertes violentas en estas comunidades, éstas son víctimas de una política de aislamiento y abandono. Precisamente en medio de esta realidad, los habitantes de las Comunidades de Paz han redescubierto la dimensión más profunda de la esperanza.
Después de una conferencia del padre Giraldo sobre la situación de Colombia en un centro de reflexión cristiana en España, se levantó una participante y preguntó: «¿Cuándo cree y espera que llegue la paz a Colombia?». El padre bajó la mirada y pensó en silencio casi un minuto. Después dijo: «no creo que el conflicto se resuelva en un lapso de tiempo predecible, no creo que nos toque vivir la paz en Colombia». La señora, junto con buena parte del público se indignaron y dijeron que no era posible que a un cristiano y a un sacerdote le faltara la mínima esperanza. Pero, ¿qué es la esperanza? ¿Creer ciegamente que las cosas cambiarán? ¿Luchar con todas las fuerzas, e incluso contra toda esperanza, porque cambien? La esperanza ha sido frecuentemente malentendida. Una cierta espiritualidad de la resignación y la abnegación la entiende como la virtud de la pasividad que será premiada algún día. Una interpretación política la entiende como el estadio previo al éxito de un nuevo proyecto de sociedad. Tanto una como otra reducen la esperanza a la «espera» del éxito o la recompensa. Desde una profunda perspectiva cristiana, la esperanza no es un estado de convicción, ni una garantía de que seremos recompensados, ni siquiera la confianza en que –al final– todo saldrá bien. La esperanza cristiana no es consuelo. No se piensa ni se siente... sino que se «hace», se «vive». La esperanza que se reveló en Belén es la capacidad de ver y vivir el misterio de un Dios al lado de los hombres. Ahí, en la fragilidad y la pequeñez del pesebre.
Si alguien quiere saber más, pregunte a: Comunidad de Paz, San José de Apartadó, Colombia: http://www.cdpsanjose.org
Cómo vivir la esperanza en medio de la des-esperanza
La mejor lección sobre la esperanza la recibí hace unos meses del padre Javier Giraldo, un jesuita colombiano, teólogo y sociólogo, fundador de las Comunidades de Paz: un enclave de esperanza en medio de esa Colombia tan golpeada por la violencia, la corrupción, la desconfianza. Las Comunidades de Paz son pueblos que se resisten a ser cómplices de una guerra de baja intensidad que cobra más víctimas que la injusta guerra de Irak. Estas iniciativas parten del principio de neutralidad ante la presencia de todos los actores armados en ciertos territorios de Colombia. Sus habitantes han optado libremente por vivir en una zona que rechaza abierta y radicalmente la complicidad con los grupos de intereses económicos, políticos y militares. Esto incluye el rechazo a colaborar con el ejército y los grupos paramilitares en su cacería contra presuntos agentes de la guerrilla, pero también implica el no hacer causa común con los movimientos subversivos armados. Una opción tan nítida por la paz se convierte, en un contexto marcado por la violencia y la desigualdad, en un verdadero acto de rebeldía, por lo que, además de las muertes violentas en estas comunidades, éstas son víctimas de una política de aislamiento y abandono. Precisamente en medio de esta realidad, los habitantes de las Comunidades de Paz han redescubierto la dimensión más profunda de la esperanza.
Después de una conferencia del padre Giraldo sobre la situación de Colombia en un centro de reflexión cristiana en España, se levantó una participante y preguntó: «¿Cuándo cree y espera que llegue la paz a Colombia?». El padre bajó la mirada y pensó en silencio casi un minuto. Después dijo: «no creo que el conflicto se resuelva en un lapso de tiempo predecible, no creo que nos toque vivir la paz en Colombia». La señora, junto con buena parte del público se indignaron y dijeron que no era posible que a un cristiano y a un sacerdote le faltara la mínima esperanza. Pero, ¿qué es la esperanza? ¿Creer ciegamente que las cosas cambiarán? ¿Luchar con todas las fuerzas, e incluso contra toda esperanza, porque cambien? La esperanza ha sido frecuentemente malentendida. Una cierta espiritualidad de la resignación y la abnegación la entiende como la virtud de la pasividad que será premiada algún día. Una interpretación política la entiende como el estadio previo al éxito de un nuevo proyecto de sociedad. Tanto una como otra reducen la esperanza a la «espera» del éxito o la recompensa. Desde una profunda perspectiva cristiana, la esperanza no es un estado de convicción, ni una garantía de que seremos recompensados, ni siquiera la confianza en que –al final– todo saldrá bien. La esperanza cristiana no es consuelo. No se piensa ni se siente... sino que se «hace», se «vive». La esperanza que se reveló en Belén es la capacidad de ver y vivir el misterio de un Dios al lado de los hombres. Ahí, en la fragilidad y la pequeñez del pesebre.
Si alguien quiere saber más, pregunte a: Comunidad de Paz, San José de Apartadó, Colombia: http://www.cdpsanjose.org







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