
“Hace cuatro años, la Ciudad de Buenos Aires vivía su experiencia de dolor más intensa.194 jóvenes perdían la vida en una tragedia que puso de manifiesto las profundas miserias de nuestra convivencia social, la irresponsabilidad de los adultos, la marcada indiferencia por el prójimo en una sociedad individualista hasta el extremo y la tendencia a la negación y al olvido que nos vuelve a sumergir en la velocidad vertiginosa en la que vivimos, sin saber con claridad hacia dónde vamos y sin aprovechar las enseñanzas de la historia”, dijo el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Oscar Ojea, al presidir este martes una misa en la catedral metropolitana a cuatro años del siniestro en el local Cromañón, del barrio de Once.
Tras recordar que “nuestro arzobispo, el cardenal Jorge Bergoglio nos decía hace un tiempo que la ciudad no había llorado lo suficiente esta catástrofe que ha marcado su historia”, explicó que “se refería al llanto que lava y purifica el alma, al llanto que limpia la mirada y la dirige a la verdad, al llanto que convierte el corazón produciendo un cambio efectivo en el modo de vivir, al llanto a que refiere la bienaventuranza de Jesús: ‘Bienaventurados los que lloran porque serán consolados’.
“Buenos Aires no ha llorado bien aún a sus hijos muertos. No hemos aprovechado la oportunidad de este inmenso dolor para hacer un replanteo profundo de nuestra responsabilidad común en la creación de hábitos de convivencia más humanos, más justos y más fraternos”, subrayó en una catedral colmada de familiares, amigos y sobreviviente de aquel estrago del 30 de diciembre de 2004.
Monseñor Ojea destacó, sin embargo, que “muchos de nuestros chicos murieron ayudando a otros. Que en un momento extremo eligieron ayudar a los demás antes que salvarse ellos. Que en una situación límite de ahogo y confusión, fue más fuerte en ellos su sentido de solidaridad, su bondad y su generosidad.
El obispo insistió en poner como ejemplo esas “actitudes heroicas y conmovedoras” y llamó a “sacar afuera lo mejor y lo más noble de nosotros mismos para construir una sociedad distinta, donde prive el respeto y la fraternidad”.
“El compromiso de estos chicos con el prójimo en el centro mismo de la tragedia, irradia una luz potente sobre nuestra capacidad de entrega y compromiso hasta el sacrificio por los demás, que está como escondida dentro de nosotros, pero que es preciso rescatar y poner de manifiesto”, subrayó.
La luz fue precisamente uno de los símbolos de la celebración eucarística, ya que en, un momento, familiares encendieron velas por cada uno de las 194 víctimas para acercarlas al altar. Padres y madres fueron en procesión por el pasillo central del templo, mientras el sacerdote guía recordaba que esa luz “iluminará el camino hacia la verdad y la justicia”.
Otro gesto se produjo en el momento de las ofrendas, cuando se acercaron al altar remeras, banderas y otros objetivos pertenecientes a los jóvenes fallecidos.
La misa fue concelebrada por el obispo Jorge Lozano (Gualeguaychú), quien al momento del siniestro era auxiliar porteño y acompañó espiritualmente a familiares y sobrevivientes.+
AICA - Toda la información puede ser reproducida parcial o totalmente, citando la fuente
Tras recordar que “nuestro arzobispo, el cardenal Jorge Bergoglio nos decía hace un tiempo que la ciudad no había llorado lo suficiente esta catástrofe que ha marcado su historia”, explicó que “se refería al llanto que lava y purifica el alma, al llanto que limpia la mirada y la dirige a la verdad, al llanto que convierte el corazón produciendo un cambio efectivo en el modo de vivir, al llanto a que refiere la bienaventuranza de Jesús: ‘Bienaventurados los que lloran porque serán consolados’.
“Buenos Aires no ha llorado bien aún a sus hijos muertos. No hemos aprovechado la oportunidad de este inmenso dolor para hacer un replanteo profundo de nuestra responsabilidad común en la creación de hábitos de convivencia más humanos, más justos y más fraternos”, subrayó en una catedral colmada de familiares, amigos y sobreviviente de aquel estrago del 30 de diciembre de 2004.
Monseñor Ojea destacó, sin embargo, que “muchos de nuestros chicos murieron ayudando a otros. Que en un momento extremo eligieron ayudar a los demás antes que salvarse ellos. Que en una situación límite de ahogo y confusión, fue más fuerte en ellos su sentido de solidaridad, su bondad y su generosidad.
El obispo insistió en poner como ejemplo esas “actitudes heroicas y conmovedoras” y llamó a “sacar afuera lo mejor y lo más noble de nosotros mismos para construir una sociedad distinta, donde prive el respeto y la fraternidad”.
“El compromiso de estos chicos con el prójimo en el centro mismo de la tragedia, irradia una luz potente sobre nuestra capacidad de entrega y compromiso hasta el sacrificio por los demás, que está como escondida dentro de nosotros, pero que es preciso rescatar y poner de manifiesto”, subrayó.
La luz fue precisamente uno de los símbolos de la celebración eucarística, ya que en, un momento, familiares encendieron velas por cada uno de las 194 víctimas para acercarlas al altar. Padres y madres fueron en procesión por el pasillo central del templo, mientras el sacerdote guía recordaba que esa luz “iluminará el camino hacia la verdad y la justicia”.
Otro gesto se produjo en el momento de las ofrendas, cuando se acercaron al altar remeras, banderas y otros objetivos pertenecientes a los jóvenes fallecidos.
La misa fue concelebrada por el obispo Jorge Lozano (Gualeguaychú), quien al momento del siniestro era auxiliar porteño y acompañó espiritualmente a familiares y sobrevivientes.+
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