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domingo, 23 de noviembre de 2008

MARANA-THA (2). Compartir los bienes, comunidades cristianas campesinas

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Sigue la propuesta de Marío de crear comunidades campesinas, de espíritu cristianos, donde hombres y mujeres puedan compartir el trabajo y la vida, en libertad, sin acumulación de bienes (sin riqueza). Se trata, quizá, de una propuesta antigua (tan antigua como el evangelio). [comuna] Puede relacionarse con otras propuestas sociales del siglo XIX o con los kibutz judíos… Pero tiene una novedad, como verá el lector. Desde mi punto de vista bíblico pondría de relieve la experiencia y exigencia de una vuelta a los orígenes campesinos de Jesús y de sus primeros seguidores, en Galilea. La Iglesia posterior se adaptó demasiado al espíritu de las ciudades y del imperio romano. Mario quiere volver al evangelio, creando comunidades que sean fermento de felicidad humana y de reino.


Instituciones donde se comparten los bienes

No obstante todo lo expuesto, se hace conveniente que recordemos que, aquellos sistemas de vida del "compartir los bienes" no han desaparecido completamente, ya que a lo largo de estos últimos 20 siglos, la historia muestra la existencia de distintas organizaciones religiosas fundadas por hombres o mujeres con tal ideal de vida, conforme lo he mencionado anteriormente.
Sin embargo, dichas Instituciones adolecen en mi opinión de diversos problemas entre los cuales podemos citar:
a) Constituyen "sectores cerrados" es decir, únicamente participan de los bienes del grupo aquellas personas que se adhieren a los mismos, para lo cual deben asumir también una serie de requisitos a los que podríamos calificar de "complementarios" (vida de obediencia, castidad, etc.).
b) Con el correr de los años, se suelen desdibujar los ideales planteados por sus fundadores, y se convierten en sectores más o menos poderosos económicamente hablando, en los cuales normalmente no se vive ni remotamente con aquel espíritu de Jesús, quien no poseía "ni un cobre", situación que más de una vez ha merecido críticas como la que se desprende de frases tales como: «quien les ha dicho que la riqueza comunitaria es más justificable que la riqueza personal» ó «algunos hacen votos de pobreza y otros los cumplimos», que alguna vez hemos podido leer o escuchar.

Un estilo de vida para todos

Independientemente de lo correcto o incorrecto de las críticas que se puedan hacer sobre este tema, de los argumentos que en favor o en contra puedan esgrimirse sobre el particular, y dado que de ninguna manera mi idea al redactar estas líneas es realizar un ataque a personas, o Institución alguna, es que conscientemente, deseo terminar con esta línea de pensamiento.
Por otra parte, justo es reconocerlo, la mayoría de esos grupos, al igual que todos nosotros, somos "hijos de nuestras circunstancias" por lo cual tampoco es posible adjudicarles una "actitud siniestra" sobre el tema.
Finalmente, y cumpliendo también en esto un justo reconocimiento al respecto, deseo aclarar que muchos de nosotros, y yo en particular, hemos recibido "mucho bien" de esos grupos o Instituciones como para dejarnos caer en una mera crítica destructiva.
Simplemente diré lo siguiente: Estoy convencido de que el mensaje evangélico de forma alguna está dirigido a un grupo, casta, o élite sino que, por el contrario, tiende a la totalidad de los seres humanos.
Por consiguiente, interpreto que “debe existir algún resquicio”, algo que posibilite el que la generalidad de los "simples mortales", podamos de alguna forma compatibilizar nuestras "sencillas vidas" de una manera más afín al mensaje evangélico.
Por ende, y dada la experiencia que a lo largo de estos siglos se ha ido desarrollando en el accionar del Cristianismo, sinceramente creo que ha llegado el momento de replantearnos la posibilidad de rehacer aquel espíritu evangélico.
En efecto, estimo que es muy cierto aquello que, por ejemplo, surge de la nota a un texto bíblico cuando dice: «En un mundo dividido, Dios ha escogido un hombre que no tiene tierra propia, para empezar el Reino en que reunirá a todos. En adelante, Dios escogerá a los pobres y a los que no tienen asegurada su vida, para salvar al mundo. A ellos, tal como a Abraham, les promete la ciudad definitiva». (B. Latinoamericana Ed. 1994 pag.59).
Realmente escribimos muy bien pero, lamentablemente, no solemos actuar de igual forma.
Esto es así, porque no es menos cierto que la mayor parte de estos veinte siglos, transcurridos desde el nacimiento de Jesús de Nazareth, nos han visto a los cristianos procurando "asegurar nuestras vidas" (individual, o colectivamente hablando) y olvidando a los que carecen hasta de lo elemental para quienes, como máximo, una vez cada tanto hacemos entrega de alguna ropa ya gastada, o simplemente pasada de moda, alimentos o algo de dinero para acallar nuestras conciencias.
En efecto, en la relación con el pobre, la actitud del cristiano, salvo alguna excepción heroica, puede incluso llegar a admitir el "compartir su vida" como un ideal a realizar "algún día": trasladarnos a una villa de emergencia para convivir con sus moradores, vender todos nuestros bienes y repartírselos y alguna otra "ilusión" por el estilo.

No es un ensoñamiento romántico ni un asistencialismo

Pero ese "ensoñamiento romántico" termina pronto, ya que al pobre no le permitirnos sentirse verdaderamente parte de nuestra propia vida dado que jamás, NI EN SUEÑOS, lo admitimos para compartir realmente nuestra comodidad, nuestra mesa, nuestra casa (o escuela, convento, parroquia, obispado o lo que sea).
Efectivamente, la actitud asumida con los marginados suele ser, en el mejor de los casos, el procurar obtener una "promoción social del pobre" palabras que, si bien podrá alegarse que superan el simple asistencialismo (lo “tradicional”, suministrarles algunos elementos como ropa, comida, remedios, dinero, etc.) ya que busca conseguirles algún trabajo o facilitarles un estudio para permitirles mejorar su actual condición y que, además, procura elevarlos para que descubran que son uno más de los hijos de Dios, en realidad sólo enmascaran un error ya que de esa forma no se obtendrá jamás tal resultado.
Tal actitud en realidad sólo significa un nuevo intento "educador—sociabilizador" de ese gran segmento humano, constituido por quienes menos tienen, para que puedan competir, tal vez, con un poco de chance con esta sociedad deshumanizada pero, de forma alguna realiza el menor esfuerzo para tratar de modificar en profundidad, con cristiana “seriedad”, esta secuela de injusticias en que se ha transformado nuestro mundo.
El mantener este tipo de actitudes muestra a las claras que el cristianismo, ha perdido casi por completo, su capacidad de ser "fermento de la masa", y se ha convertido en un mero formalismo.
En efecto. Si se intentase sostener que aquel camino de «promoción social del pobre» es “completamente” correcto, sin duda se debe analizar también la tremenda diferencia socioeconómica que existe desde el propio nacimiento de cada ser humano, situación en la cual vemos, que la mayoría de la población de la tierra está realmente imposibilitada de competir con alguna posibilidad de éxito con los "sectores poderosos".
Del grupo mayoritario de los que menos tienen, sólo unos pocos son realmente aceptados para compartir las migajas de la riqueza y el poder. Son los "tocados por la varita mágica de la fortuna" (generalmente deportistas o artistas) y por supuesto, "exitosos" y aduladores de los "grandes".
El resto sólo es engañado constantemente por los medios de comunicación social, y las prédicas políticas para que, adquiriendo constantemente los elementos de confort que constituyen símbolos del poder y la riqueza, se crean, o sientan, "triunfadores en el mundo", formando parte del "grupo de los poderosos", sin darse cuenta de que al mismo tiempo, con cada compra que realizan, ahondan cada vez más las tremendas diferencias que pretenden superar ya que, quienes más lucran con cada nueva adquisición son precisamente aquellos sectores poderosos, verdaderos "dueños" del poder y la riqueza.
De más está decir que, por otra parte, tales elementos de confort sólo resultan valederos para suministrar esa ilusión durante un corto lapso ya que, muy pronto envejecen y deben ser reemplazados, con lo cual se reinicia el ciclo del engaño.
Frente a este panorama, a mi juicio desolador, cabe hacernos las siguientes preguntas: ¿no existirá alguna posibilidad de vivir y competir, cristiana y humanamente en este mundo, dentro de este sistema socio—económico individualista?
¿Debemos continuar simplemente intentando "educar cristianamente" (?) al mundo (a todos los hombres y mujeres) diciendo que hay que vivir así, que es lo único posible?

No hay una riqueza cristiana

Estoy convencido de que no es así, y pienso de tal manera porqué, aun cuando nos permitiésemos pensar utópicamente en que por aquel mecanismo ("promoción social del pobre") el cual, insisto, sirve fundamentalmente para acallar nuestras conciencias, pudiésemos llegar realmente a construir un mundo en el cual no hubiese pobres sino sólo ricos, desde el punto de vista Evangélico estaríamos incluso aún mas lejos que ahora del mensaje de Jesús.
En efecto, en primer lugar, la actitud de "riqueza" es ajena al Evangelio dado que incluye un amor desmedido al dinero que, como sabemos, también fue expresamente descalificado por el Señor Jesús (Mt.6,24; Lc.6,24-25; Mt.6,19).
Por otra parte, el concepto de "riqueza" conlleva el de egoísmo, de mantener el propio bienestar, de conservar los privilegios que se poseen entre los cuales, qué duda cabe, se encuentra el de estar posibilitados de exigir a otros que cumplan determinadas tareas que nosotros no queremos hacer y para lo cual les "pagamos".
Asimismo, para poder hablar de "ricos", necesariamente debemos pensar en que hay quienes no lo son ("pobres") ya que aquel concepto implica lo contradictorio que es precisamente la pobreza.
Finalmente, el pensar en un "mundo sólo de ricos" es una utopía ya que el propio Jesús nos manifestó expresamente que siempre tendríamos pobres con nosotros (Mt.26,8-11).
Por consiguiente, todo aquello de "ayuda o promoción social del pobre", que en sí mismo no es malo ni incorrecto, NO BASTA y, por ende, tampoco es "BUENO" o, si se quiere, es solamente "bueno", escrito así, con minúsculas pero no con las MAYÚSCULAS que exige la Cruz del Cristo.

Propuesta

Retomando ahora lo expresado al principio, con respecto a la "influencia del Maligno", y frente a la magnitud del problema que plantea la disparidad existente, entre la teoría y la práctica de la vida cristiana, parecería que enfrentamos un problema insoluble.
En efecto, no cabe duda alguna de que la raíz profunda del mal está en el pecado del hombre, el que genera nuevas estructuras de pecado con las cuales muchas veces convivimos, nos consustanciamos sin darnos cuenta.
Sin embargo, también es cierto que cualquier realidad de pecado es modificable (re-creable) para lo cual el primer paso es descubrir cómo son los mecanismos de la persona y de las estructuras de pecado que genera, para descubrir las causas profundas y poder modificarlas.
Por tal motivo, y dado que nada más alejado de mi intención el ser simplemente crítico sino que, por el contrario, hace ya tiempo que “siento algo” que me cuesta mucho definir, algo que mencionaría como una especie de aguijón, que constantemente me intranquiliza, produciéndome un tipo de “necesidad” de encontrar un mecanismo que permita mejorar la actual situación, me atrevo a reiterar que cabe la alternativa de que comencemos a pensar en priorizar realmente nuestro accionar con respecto a "los pobres", para lo cual podríamos intentar recrear aquellas primitivas comunidades, las cuales para ser realmente estructuradas de conformidad con lo que nos enseñó Jesús, deberían hacerse "con y desde los pobres".

Comunidades de trabajo y producción

Estas comunidades, a diferencia de la primitiva, deberían estar marcadas por el trabajo y la producción, lo que significaría modificar por completo la filosofía de la "caridad" la cual no debe ser "pedir para repartir", sino que, por el contrario, debe consistir en utilizar lo que se posee, lo que cada uno entregue y el resultado del esfuerzo personal, para producir y vivir todos de lo así obtenido.
Estas nuevas comunidades, deben diferenciarse en ese sentido de la de Jerusalén ya que, sin perder el camino de la oración y la alabanza al Padre, deberían estar marcadas por el accionar productivo, como si el regreso del Señor Jesús pudiese demorar aún muchos siglos.
Estas "nuevas comunidades", al igual que aquella primera de Jerusalén, deberían contar con un real sentido de "Ekklesía", es decir que los distintos problemas que puedan producirse deberían ser analizados entre todos, discerniendo las diferentes facetas que pudieran tener y adoptando, también en comunidad, la decisión que esa Asamblea estime pueda corresponder en cada caso.
Asimismo, estas nuevas comunidades, al igual que aquella de Jerusalén, deberían estar marcadas por la libertad (Hech.5,3-4) dado que semejante estilo de vida de forma alguna puede ser interpretado como el único que señaló el señor Jesús (Jn.14,1-2).
Procurando clarificar un poco estos conceptos, intentaré señalar algunos puntos que considero posibles, para iniciar el estudio de un proyecto como el planteado.
En primer lugar, estimo que tales comunidades deberán establecerse preferentemente en áreas rurales, alejadas de las grandes ciudades pero relativamente cerca de pequeñas poblaciones ya que, por diversas causas que no es fundamental exponer en este tipo de trabajo, interpreto que el ser humano debe estar en contacto directo con la tierra, y obtener con su esfuerzo personal los recursos elementales mínimos (alimenticios) para vivir.
Simplemente diré que en esto también se deberá diferenciar de la primera comunidad, ya que mientras en su origen, el Cristianismo desarrolló su actividad fundamentalmente en las ciudades, pienso que ahora se debe comenzar al revés.

Comunidades campesinas

El hombre nació y se desarrolló en contacto con la tierra. Tiene sus raíces profundas en ella (es polvo y debe volver al polvo).
Por otra parte el Señor Jesús realizó la mayor parte de su actividad pública fuera de los centros urbanos (el Sermón de la montaña, la Predicación desde la barca, la Multiplicación de los panes, etc.) y fundamentalmente fue a Jerusalén, al principio para plantear claramente su disconformidad con lo que sucedía en derredor del Templo, y al final para morir en la Cruz.
Asimismo, el silencio de los Evangelios sobre los grandes centros poblacionales, como Séforis y otros, excepción hecha de Jerusalén por la implicancia religiosa que ese lugar tenía para el pueblo hebreo, indica claramente que el Cristo nunca los visitó, lo cual resulta realmente ilustrativo al respecto.
El cristianismo primitivo, en lugar de continuar el ejemplo de Jesús siendo "faro luminoso" desde fuera de las ciudades, desarrolló en cambio su actividad principalmente en los centros urbanos, seguramente con el objeto de procurar convertir (salvar) la mayor cantidad posible de personas, dado que partían equivocadamente del presupuesto de considerar que realmente faltaba muy poco para "el fin de los tiempos".
Las distintas labores que en estas comunidades se realicen serían compartidas, si bien quienes puedan trabajar fuera de su ámbito deberían hacerlo, no sólo para obtener recursos económicos en favor de la comunidad sino, fundamentalmente, para servir con espíritu misionero a la transmisión del mensaje cristiano.
Aún cuando tal vez esté de más decirlo, obviamente tales tareas sólo podrían realizarse siempre y cuando estén en consonancia con el espíritu evangélico.

Espíritu evangélico

De forma alguna podría admitirse el vivir del juego, vender droga o cosa por el estilo, por más lucrativo que cualquiera de esas actividades, reñidas con el mensaje de Jesús, podrían resultar (el fin no justifica los medios).
Asimismo debe quedar en claro que, quienes puedan trabajar fuera de las comunidades, igualmente deberán colaborar asiduamente en algunas de las tareas comunes al grupo, sobre todo en aquellas que revistan mayor importancia en tal carácter, como por ejemplo, la construcción de la vivienda para un nuevo integrante, la siembra y la recolección de frutos, etc.
Los solteros deberían vivir en habitaciones simples, individuales o colectivas, según lo permitan las posibilidades comunitarias y las preferencias personales, mientras que las familias ocuparían viviendas cuyas dimensiones serían variables conforme el número de integrantes del núcleo familiar.
En la medida en que disminuyan los miembros de cada familia, sea por muerte, alejamiento de la comunidad, formación de nuevos núcleos familiares, etc., se las deberá reacomodar y pasarían a ocupar edificios con menores dimensiones hasta que, en la vejez activa, se regrese al original "monoambiente", o "un dormitorio", similar al que se tendría al iniciar la vida matrimonial.
Resulta obvio decir, que nadie podría considerarse verdadero dueño de "su" casa, sino que sólo utilizaría uno u otro edificio, según el número de integrantes que tenga el grupo familiar de que forme parte.

Comunidad libre

Según ya lo he mencionado, tal sistema de vida deberá ser absolutamente libre, lo cual debe abarcar un doble aspecto a los cuales podríamos llamar "ingreso y egreso".
De Ingreso: Como estas comunidades deben ser una opción de vida, y dado que los caminos de Dios son muchos e inescrutables, aún cuando entiendo que este sistema es el más acorde con el mensaje de Jesús, reconozco que no puede existir un único sendero que lleve al hombre hasta el Padre.
Por consiguiente, para aquél que no considera correcto o posible para él ese esquema de vida, debemos aceptar como absolutamente valedero que continúe con la actual forma de vida y trabajo individual.
Tal es lo que surge, tanto del ya citado texto del libro de Los Hechos (5,3-4) como de diversos pasajes evangélicos en los cuales Jesús de Nazareth evidentemente mantenía fluidos contactos con personas que llevaban lo que podríamos denominar una "vida común".
De Egreso: En consonancia con lo antes indicado, esta opción de vida debería permitir también un posible retiro, en cuyo caso se deberá compensar adecuadamente a quien se aleja del grupo, en proporción a lo aportado y trabajado. Obviamente que tales compensaciones quedarían supeditadas, tanto a las necesidades del grupo, como al esquema evangélico de la vida cristiana ya que, por el simple hecho de haber vivido y aportado a estas comunidades nadie podrá pretender "vivir de rentas", es decir, obtener una especie de "seguro para vivir sin trabajar", dado que tal actitud está reñida por completo con el Evangelio.

Nuevo estilo de vida. La autoridad de las asambleas

Por otra parte, el facilitar un egreso digno, permitiría lograr a la comunidad una relativa seguridad en el sentido de que, quienes permanezcan en ese nuevo estilo de vida lo hagan por real convencimiento, y no por simple temor a afrontar las dificultades de la vida.
La determinación sobre la forma de compensar económicamente a quienes opten por retirarse, así como también la decisión sobre los distintos aspectos que afecten a la comunidad, deberán ser resueltos por todos los integrantes de la misma.
Para que esto resulte posible, las comunidades deberán tener un número de integrantes no demasiado elevado, permitiendo así un buen contacto y conocimiento directo entre los mismos.
Es decir que interpreto que el "gobierno y administración" de cada uno de esos grupos deberá ejercerse comunitariamente, en una real "Ekklesía", palabra que los atenienses utilizaban para designar la Asamblea en la que todos los ciudadanos resolvían la totalidad de las cuestiones comunes.
Sabiendo esto, y releyendo el Libro de Los Hechos de Los Apóstoles, tal vez debamos meditar profundamente sobre el motivo de la elección de ese término en particular por los seguidores de Jesús de Nazareth para auto-designarse (y del que surge el actual nombre "Iglesia") y compararlo con lo sucedido años más tarde, cuando la estructura cristiana se adhirió al esquema imperial romano.
Debería existir, en cambio, un "órgano ejecutor" de las decisiones de la Asamblea, elegido por ésta y con mandato revocable en cualquier momento por dicha Asamblea. Ese "ejecutor o realizador" debería contar con un grupo "asesor" el cual, al mismo tiempo, sería un "controlador" de su accionar. Todos, por supuesto, responsables ante la Asamblea.
Salvo esas “actividades diferenciales”, que deberían ser un absoluto servicio, la totalidad de los integrantes de estas comunidades deberían poseer el mismo status, el de ser cristianos, sin que nadie, de forma alguna, pueda pretender arrogarse una situación preferencial, independientemente del mayor o menor aporte económico que pudiera haber realizado al ingresar, de la actividad que realice, o de lo que agregue con su trabajo personal realizado fuera de la comunidad.
Insisto en que considero especialmente importante, para la viabilidad de un sistema como el proyectado, el que los grupos o comunidades estén integrados por un número no demasiado numeroso (siguiendo las pautas de división dadas por el Señor, estimo que deberían estar formados con un mínimo de 50 y un máximo de 100 familias) el cual, además, deber ser esencialmente "autosuficiente", por lo menos para los elementos imprescindibles de la vida cotidiana.

Acotación final

Comprendo que son muchas las dificultades y dudas que, sobre la posibilidad de instrumentar un camino semejante se nos pueden plantear, y pienso que tal vez, un sendero para comenzar a clarificarlas, podría ser el estudiar, y eventualmente aplicar, las normas que rigen a los
“kibbuts” israelíes.
Y creo útil recordar aquí la que, para mí, constituye su ley esencial: «yo trabajo para los demás; los demás trabajan para mí».
Tal vez, de esa forma estemos cumpliendo indirectamente (o no tanto) con las profecías de Isaías y Miqueas, respecto a la ley que en «los últimos tiempos regirá las naciones y saldrá de Israel» (Is.2,1-58; Miq.4,1-5) con lo cual incluso estaríamos en consonancia con el deseo de los primeros cristianos en el pronto regreso de Jesús y, consiguientemente, la implantación del Reino de Dios y la Paz Mesiánica.
No es que afirme que la Parusía, el regreso del Cristo, sucederá en una fecha más o menos cercana.
Menos aún es mi deseo que alguien utilice estas ideas, o estos argumentos, para generar un "temor apocalíptico".
Simplemente sabemos que, gracias a Dios, estamos veinte siglos más cerca que los primeros cristianos de Jerusalén de tan anhelado hecho, el cual estimo que de forma alguna significará un poderío temporal de los cristianos sobre el resto de la humanidad, sino nada más (ni nada menos) que un señorío absoluto del AMOR.
Estoy también convencido de que esta inquietud no es una cuestión exclusivamente personal, sino que existen MUCHAS PERSONAS, sobre todo jóvenes, que participan consciente o inconscientemente, de un deseo similar al que me mueve a escribir estas líneas.
Como afirmara al principio, “sueño” con la posibilidad de iniciar algo al respecto, para lo cual destino buena parte de mi tiempo y dinero procurando investigar, aprender y enseñar sobre esta "nueva forma de vida" que es el cristianismo, al que considero que no debería ser para nada un simple conjunto de rituales y principios, sino una exteriorización del Amor.
Si alguien cree, siente, que puede aportarme alguna idea sobre este tema, no dude un instante en hacerlo ya que estoy seguro que lo haría realmente motivado, no por un espíritu humano común, de egoísmo, sino por El Espíritu (Distinto—Santo) por lo cual, desde ya, se lo agradezco.
Al igual que aquellos primeros cristianos, y confiando en recibir alguna luz de quien tenga la buena voluntad de escribirme, me despido con el rezo, deseo y saludo común que fuera empleado por ellos, del “MARANA-THA” (VEN SEÑOR JESÚS).

SIERRA DE LA VENTANA, abril de 1999

1 comentarios:

Mike Atnip dijo...

Hola:
¡Qué visión tan grande! ¿Es posible realizarse?
Claro que sí. Una parte de los anabaptistas del siglo 16 lo realizaron. También otros grupos de hermanos de diversos colores.
Pero solo por un cambio del corazón del hombre, un nuevo nacer espiritual.
Miguel


WebJCP | Abril 2007