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MISIONEROS EN CAMINO: I Domingo de Adviento - Ciclo B: CADA UNO A LO SUYO
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martes, 25 de noviembre de 2008

I Domingo de Adviento - Ciclo B: CADA UNO A LO SUYO


Llego de Tierra Santa y debo, mis queridos jóvenes lectores, enviaros deprisa y corriendo, un mensaje-homilía para el primer domingo de Adviento. La venida de Cristo se vive por parte de los cristianos que habitan en aquellas tierras, con una piedad que no estoy acostumbrado a verla aquí. Los fieles de los Santos Lugares se sienten marginados, primero por no ser judíos y, aceptando ser árabes, degradados por no ser musulmanes. Esta situación injusta en sí, tiene la ventaja de que les estimula a demostrar su Fe. Una de las últimas fotografías que he sacado ha sido la del brazo de un cristiano copto. Os daré algún detalle. Conocía la costumbre de los miembros de esta Iglesia de, en llegando a cierta edad, pero aún jóvenes, tatuarse una cruz cerca de la muñeca. Quien así lo hace, sabe que no podrá ocultar su pertenencia a Cristo, cosa que en algunos lugares puede ser peligroso. Solicité del buen franciscano que nos acogía, que me facilitase la tarea. Acepto gustoso y sin vacilación alguna, al dirigirnos a la capilla, explicó al sacristán mi deseo. Noté en la cara de aquel buen hombre, la satisfacción que le daba contentarme, se dirigió a un lavabo y se lavó con detenimiento el antebrazo, después me lo enseñó. Saqué todas las fotos que quise. Finalmente, sonriendo, levantó la mano para que, al querer yo una que se le viera de cuerpo entero, pudiera distinguirse bien la señal de Fe, que había marcado en su piel y que le comprometía para toda la vida. Recordé entonces que el profeta Isaías había dicho de Israel, por tanto se podía afirmar de los fieles de Cristo, que Dios tenía tatuado nuestro nombre, en la palma de sus manos.

Ignoraba el buen sacristán que íbamos a entrar, desconocía mis propósitos, pero se apresuró satisfecho a mostrar su compromiso. Fue un detalle, el que os he contado, que me impresionó. Y, añádase que el franciscano nos había comentado que los fieles de esta Iglesia ayunan muchos días del año (creo recordar que eran 170)

Lo que os contaba, no está lejos del contenido del evangelio del presente domingo. Marchó un hombre de su palacio y dejó a cada uno en su labor. Debían continuar con fidelidad el oficio que dentro de la casa tenían. No sabían cuando el señor volvería, era preciso estar atentos, era necesario prescindir del sueño, si era necesario. ¡feliz, aquel que fuera encontrado trabajando! ¡feliz, aquel que supiera dominar el sueño, para trabajar en su tarea! ¡feliz, aquel que fuera reconocido por el señor como su fiel criado!

El cazador escudriña el paisaje. Debe estar preparado para que, en el momento en que aparezca una pieza, responda con su arma. ¡pobre, el que sea descubierto agazapado durmiendo!

El mejor cuartel tiene sus centinelas. La mejor mansión, sus empleados de vigilancia. El individuo más precavido, se vacuna para no sufrir enfermedades y acudir todos los días a su oficio. ¡pobre, aquel que no abra la puerta de su empresa! ¡pobre, aquel que en su interior no trabaje! ¡pobre, aquel del que se dice que nunca se le encuentra, durante las horas que debería entregarse a su labor!

El Señor es Dios de espabilados, no de vagos.

El fundador del movimiento scout, el inolvidable Baden Powell, puso como lema de nuestro movimiento: estad preparados (él lo decía en ingles, evidentemente). Es el final del fragmento que proclamamos hoy. Todos, en todo momento y circunstancia, debemos estar así.

Empezamos un nuevo año litúrgico. Otro día fue el inicio del escolar. Dentro de poco lo será del civil. De inmediato, es preciso que nos preparemos para la primera festividad solemne: la Navidad. Sería triste que adornáramos nuestros recintos con coronas de Adviento, que compráramos dulces, golosinas y adornos típicos y que nuestro interior permaneciera lleno del polvo de la rutina, la superficialidad y la ignorancia religiosa.

Acabo, se acumulan en mi interior tantos recuerdos de estos últimos días, que me resulta difícil ahora desarrollar mas ideas. No quiero terminar sin que sepáis que, pocas horas después de llegar a Jerusalén, bajé a la basílica del Santo Sepulcro, me encontraba a cuatro minutos, lo tengo bien calculado y, todavía capaz de sentarme en el suelo en un rincón, iba desgranando el rosario de mis súplicas, entre ellas le pedía, a escasos diez metros de donde murió Jesús: de mis queridos jóvenes lectores, acuérdate de ellos, ahora que estás en tu Reino.

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WebJCP | Abril 2007