Ignoraba el buen sacristán que íbamos a entrar, desconocía mis propósitos, pero se apresuró satisfecho a mostrar su compromiso. Fue un detalle, el que os he contado, que me impresionó. Y, añádase que el franciscano nos había comentado que los fieles de esta Iglesia ayunan muchos días del año (creo recordar que eran 170)
Lo que os contaba, no está lejos del contenido del evangelio del presente domingo. Marchó un hombre de su palacio y dejó a cada uno en su labor. Debían continuar con fidelidad el oficio que dentro de la casa tenían. No sabían cuando el señor volvería, era preciso estar atentos, era necesario prescindir del sueño, si era necesario. ¡feliz, aquel que fuera encontrado trabajando! ¡feliz, aquel que supiera dominar el sueño, para trabajar en su tarea! ¡feliz, aquel que fuera reconocido por el señor como su fiel criado!
El cazador escudriña el paisaje. Debe estar preparado para que, en el momento en que aparezca una pieza, responda con su arma. ¡pobre, el que sea descubierto agazapado durmiendo!
El mejor cuartel tiene sus centinelas. La mejor mansión, sus empleados de vigilancia. El individuo más precavido, se vacuna para no sufrir enfermedades y acudir todos los días a su oficio. ¡pobre, aquel que no abra la puerta de su empresa! ¡pobre, aquel que en su interior no trabaje! ¡pobre, aquel del que se dice que nunca se le encuentra, durante las horas que debería entregarse a su labor!
El Señor es Dios de espabilados, no de vagos.
El fundador del movimiento scout, el inolvidable Baden Powell, puso como lema de nuestro movimiento: estad preparados (él lo decía en ingles, evidentemente). Es el final del fragmento que proclamamos hoy. Todos, en todo momento y circunstancia, debemos estar así.
Empezamos un nuevo año litúrgico. Otro día fue el inicio del escolar. Dentro de poco lo será del civil. De inmediato, es preciso que nos preparemos para la primera festividad solemne: la Navidad. Sería triste que adornáramos nuestros recintos con coronas de Adviento, que compráramos dulces, golosinas y adornos típicos y que nuestro interior permaneciera lleno del polvo de la rutina, la superficialidad y la ignorancia religiosa.
Acabo, se acumulan en mi interior tantos recuerdos de estos últimos días, que me resulta difícil ahora desarrollar mas ideas. No quiero terminar sin que sepáis que, pocas horas después de llegar a Jerusalén, bajé a la basílica del Santo Sepulcro, me encontraba a cuatro minutos, lo tengo bien calculado y, todavía capaz de sentarme en el suelo en un rincón, iba desgranando el rosario de mis súplicas, entre ellas le pedía, a escasos diez metros de donde murió Jesús: de mis queridos jóvenes lectores, acuérdate de ellos, ahora que estás en tu Reino.







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