Publicado por Entra y Veras
Dentro del año paulino, el autor enlaza la situación de crisis mundial, vista desde Estados Unidos, con las crisis sufridas por Pablo y la actitud que los cristianos debemos tener en estos momentos.

¿Se imaginan a San Pablo entrando en la Bolsa de Valores de Wall Street para hablar a los corredores sobre la crisis económica? Supongo que la imagen puede resultar graciosa o, incluso, extravagante. Pero no lo es tanto.
Desde hace varios meses, la crisis económica en Estados Unidos y Europa llena los periódicos y las conversaciones. Día a día vemos cómo nuestro dinero rinde menos, que se pierden puestos de trabajo, se cierran empresas... incluso los Gobiernos han tenido que salir en ayuda de los Bancos para evitar males aun mayores. El hombre más rico del mundo ha afirmado que ya ha perdido la mitad de su fortuna por la caída de los mercados. Esta crisis además es mundial. Hay miedo a que se termine nuestro cómodo “estilo de vida”. ¿Se acabará el estado de bienestar en el que vivimos?
Nosotros los emigrantes sabemos bien lo difícil que es nacer y vivir en un país que no ofrece un futuro, donde es complicado incluso cubrir las necesidades básicas diarias. Países donde la famosa crisis económica es el pan nuestro de cada día. A veces no sé si reír o llorar mirando la televisión, escuchando a los políticos y a los periodistas asustados, sin ideas para salir adelante... como si se acabara de inventar la crisis, como si Estados Unidos fuera el único país en crisis, como si fuera el lugar donde más duras serán las cosas. Nosotros los emigrantes sabemos mucho de crisis y de madres que hacen milagros para llegar a fin de mes, también en Estados Unidos.
Esta crisis económica mundial debería hacernos pensar a todos sobre los fundamentos de nuestra sociedad, de nuestra economía, de las relaciones internacionales...; sobre los fundamentos sobre los que hemos construido nuestra existencia, nuestro corazón, nuestro amor. ¿Por qué tenemos tanto miedo? El fantasma de la crisis vuela sobre nosotros. A unos les asusta perder sus comodidades; a otros les asusta volver a las necesidades que ya padecieron. ¿Quizá porque ya sólo creemos en el dios Dinero?
San Pablo pasó por muchas crisis en su vida: espirituales, culturales, económicas... Antes de su conversión, usó la violencia para acabar con lo que el judaísmo consideraba una crisis: el nacimiento de la Iglesia. Después de su encuentro con Cristo, su actitud ante las crisis cambió. Las situaciones seguían siendo complicadas y temibles, pero no había miedo en su corazón. San Pablo utilizó el amor para corregir las crisis que iba enfrentando la Iglesia (las inmoralidades en Corinto, las falsas doctrinas en Tesalónica, etc.). En vez de gritar con desesperación, nos invita a proclamar con él: “Yo sé en quien he puesto mi confianza” (2Tim 1,12).
La crisis económica nos exige examen de conciencia y cambio de actitud. Somos cristianos y no podemos dejarnos llevar por el pánico de aquellos que sólo confían en el dinero, en lo material, en las armas. Nuestra confianza está en Dios Padre, que resucitó al Hijo. Y confiamos en Jesucristo, que no se dejó derrotar por los latigazos y la cruz. Y confiamos en el Espíritu Santo, que sostiene la barca de la Iglesia en medio de cualquier tempestad. Yo sé en quién he puesto mi confianza. ¿Y usted?
Juan Luis Calderón Varona, agustino recoleto. Centro Guadalupe, Union City, New Jersey, Estados Unidos.
Publicado en el periódico mensual New Jersey Católico de la Arquidiócesis de Newark, noviembre 2008.

¿Se imaginan a San Pablo entrando en la Bolsa de Valores de Wall Street para hablar a los corredores sobre la crisis económica? Supongo que la imagen puede resultar graciosa o, incluso, extravagante. Pero no lo es tanto.
Desde hace varios meses, la crisis económica en Estados Unidos y Europa llena los periódicos y las conversaciones. Día a día vemos cómo nuestro dinero rinde menos, que se pierden puestos de trabajo, se cierran empresas... incluso los Gobiernos han tenido que salir en ayuda de los Bancos para evitar males aun mayores. El hombre más rico del mundo ha afirmado que ya ha perdido la mitad de su fortuna por la caída de los mercados. Esta crisis además es mundial. Hay miedo a que se termine nuestro cómodo “estilo de vida”. ¿Se acabará el estado de bienestar en el que vivimos?
Nosotros los emigrantes sabemos bien lo difícil que es nacer y vivir en un país que no ofrece un futuro, donde es complicado incluso cubrir las necesidades básicas diarias. Países donde la famosa crisis económica es el pan nuestro de cada día. A veces no sé si reír o llorar mirando la televisión, escuchando a los políticos y a los periodistas asustados, sin ideas para salir adelante... como si se acabara de inventar la crisis, como si Estados Unidos fuera el único país en crisis, como si fuera el lugar donde más duras serán las cosas. Nosotros los emigrantes sabemos mucho de crisis y de madres que hacen milagros para llegar a fin de mes, también en Estados Unidos.
Esta crisis económica mundial debería hacernos pensar a todos sobre los fundamentos de nuestra sociedad, de nuestra economía, de las relaciones internacionales...; sobre los fundamentos sobre los que hemos construido nuestra existencia, nuestro corazón, nuestro amor. ¿Por qué tenemos tanto miedo? El fantasma de la crisis vuela sobre nosotros. A unos les asusta perder sus comodidades; a otros les asusta volver a las necesidades que ya padecieron. ¿Quizá porque ya sólo creemos en el dios Dinero?
San Pablo pasó por muchas crisis en su vida: espirituales, culturales, económicas... Antes de su conversión, usó la violencia para acabar con lo que el judaísmo consideraba una crisis: el nacimiento de la Iglesia. Después de su encuentro con Cristo, su actitud ante las crisis cambió. Las situaciones seguían siendo complicadas y temibles, pero no había miedo en su corazón. San Pablo utilizó el amor para corregir las crisis que iba enfrentando la Iglesia (las inmoralidades en Corinto, las falsas doctrinas en Tesalónica, etc.). En vez de gritar con desesperación, nos invita a proclamar con él: “Yo sé en quien he puesto mi confianza” (2Tim 1,12).
La crisis económica nos exige examen de conciencia y cambio de actitud. Somos cristianos y no podemos dejarnos llevar por el pánico de aquellos que sólo confían en el dinero, en lo material, en las armas. Nuestra confianza está en Dios Padre, que resucitó al Hijo. Y confiamos en Jesucristo, que no se dejó derrotar por los latigazos y la cruz. Y confiamos en el Espíritu Santo, que sostiene la barca de la Iglesia en medio de cualquier tempestad. Yo sé en quién he puesto mi confianza. ¿Y usted?
Juan Luis Calderón Varona, agustino recoleto. Centro Guadalupe, Union City, New Jersey, Estados Unidos.
Publicado en el periódico mensual New Jersey Católico de la Arquidiócesis de Newark, noviembre 2008.







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