Publicado por Esquila Misional
María Higareda, laica comboniana, visitó África Central (Malawi y Zambia) durante un mes, y aceptó compartir con los lectores de Esquila su experiencia y expresar su agradecimiento a los misioneros combonianos y a Dios por su providencia.
A mi mente viene espontáneo el recuerdo de que tal visita haya sido posible, pues hasta un día antes de partir temía que algún problema técnico o de papeleo (como la visa), me obstaculizara realizar mi sueño de conocer África; por eso, a pocos amigos les comuniqué mi salida. Pero ¡gracias a Dios, todo salió bien! ¡Y aquí estoy contándoselos!
El primer día de regreso de aquel continente, que también volví al ritmo de mi trabajo en el hospital Santa María, ya extrañaba al África que encontré en la provincia comboniana de Malawi-Zambia; lugares y gente que conocí llenan ahora mi pensamiento. Lo que más visité fueron las misiones de los padres y hermanos combonianos, pero también pude conocer lugares de interés turístico: montañas para escalar, parques, zoológicos, cataratas impresionantes y, desde luego, el majestuoso lago Malawi.
¡Estaba en África!
En pocas palabras, vi el color negro y elegante de África en su gente y en su territorio. Lo que hasta hacía un mes había conocido sólo de oídas o visto por televisión, ahora lo tenía al alcance de saludos de mano y de los caminos que recorría. ¡Estaba en África! Estreché las manos callosas de las personas y sobre todo vi niños que primero me veían intrigados, pero pronto sus rostros se iluminaban en sonrisas de «Bienvenida a África, gracias por venir» y ya no se apartaban de mí, pues sabían que seguía la fotografía de rigor y luego algún caramelo. A mí me fascinaba tocar su pelo crespo.
Las niñas, al examinar mi pelo, pronto intentaban tejerlo en trencillas como lo usan ellas. Vi a mamás cargando a sus criaturas en la espalda e infaliblemente portando en la cabeza alguna carga, si no es que además, el azadón en la mano porque iban o venían de sus cultivos.
Los hombres pasaban en sus bicicletas ocupados en algún comercio. Vi el trabajo y la pobreza de la gente, pero me impresionó la ausencia de ancianos, como los conocemos en México. Con anterioridad me aprendí de memoria dos o tres frases de saludo en su lengua chichewa, pero no pude evitar la risa divertida de niños y adultos cada vez que yo las repetía, pues yo me esforzaba en comunicarme con ellos en su idioma, pero no podía, ellos me corregían y enseñaban otras frases: Muli buanji?, ¿Cómo estás?
En sus servicios de oración dominical, que son interminables, hay quienes cantan, aplauden y danzan. Todos participan porque el ritmo es siempre contagioso.
Viendo, oyendo y sintiendo a África creo entender mejor a Daniel Comboni cuando dice que si tuviera «mil vidas», las mismas serían para el continente negro. ¡África te conquista!
Inspiración divina
Compartí por un mes la vida de los sacerdotes y hermanos combonianos; sus trabajos pastorales y de promoción de la juventud se desarrollan en áreas rurales y suburbanas. Es admirable que con tan escasos medios materiales y económicos hagan tanto. A ellos un «gracias» por su hospitalidad misionera que me brindaron con tanta generosidad. En cada comunidad que llegué me hicieron sentir un espíritu de comunión fraterna.
Más que entender, he comenzado a sentir lo que ellos llaman «fondo común» para la misión. Yo simplemente me sentí en casa. Ahora que los recuerdo les ofrezco la certeza de mi oración y mucho ánimo misionero para que el carisma comboniano siga entusiasmando a muchos laicos misioneros de México que gusten visitar las misiones de Malawi-Zambia.
Estando en África entendí que la misión es de todos y visitarla es lo menos que podemos hacer. Entendí también que cada año hay visitas y voluntarios de otros países. ¿Por qué no también de México? Yo espero que muchos tengan la posibilidad de conocer y trabajar en ese continente. Cuando el Espíritu Santo inspira se encuentran los medios para pagar el precio que África merece.
A mi mente viene espontáneo el recuerdo de que tal visita haya sido posible, pues hasta un día antes de partir temía que algún problema técnico o de papeleo (como la visa), me obstaculizara realizar mi sueño de conocer África; por eso, a pocos amigos les comuniqué mi salida. Pero ¡gracias a Dios, todo salió bien! ¡Y aquí estoy contándoselos!
El primer día de regreso de aquel continente, que también volví al ritmo de mi trabajo en el hospital Santa María, ya extrañaba al África que encontré en la provincia comboniana de Malawi-Zambia; lugares y gente que conocí llenan ahora mi pensamiento. Lo que más visité fueron las misiones de los padres y hermanos combonianos, pero también pude conocer lugares de interés turístico: montañas para escalar, parques, zoológicos, cataratas impresionantes y, desde luego, el majestuoso lago Malawi.
¡Estaba en África!
En pocas palabras, vi el color negro y elegante de África en su gente y en su territorio. Lo que hasta hacía un mes había conocido sólo de oídas o visto por televisión, ahora lo tenía al alcance de saludos de mano y de los caminos que recorría. ¡Estaba en África! Estreché las manos callosas de las personas y sobre todo vi niños que primero me veían intrigados, pero pronto sus rostros se iluminaban en sonrisas de «Bienvenida a África, gracias por venir» y ya no se apartaban de mí, pues sabían que seguía la fotografía de rigor y luego algún caramelo. A mí me fascinaba tocar su pelo crespo.
Las niñas, al examinar mi pelo, pronto intentaban tejerlo en trencillas como lo usan ellas. Vi a mamás cargando a sus criaturas en la espalda e infaliblemente portando en la cabeza alguna carga, si no es que además, el azadón en la mano porque iban o venían de sus cultivos.
Los hombres pasaban en sus bicicletas ocupados en algún comercio. Vi el trabajo y la pobreza de la gente, pero me impresionó la ausencia de ancianos, como los conocemos en México. Con anterioridad me aprendí de memoria dos o tres frases de saludo en su lengua chichewa, pero no pude evitar la risa divertida de niños y adultos cada vez que yo las repetía, pues yo me esforzaba en comunicarme con ellos en su idioma, pero no podía, ellos me corregían y enseñaban otras frases: Muli buanji?, ¿Cómo estás?
En sus servicios de oración dominical, que son interminables, hay quienes cantan, aplauden y danzan. Todos participan porque el ritmo es siempre contagioso.
Viendo, oyendo y sintiendo a África creo entender mejor a Daniel Comboni cuando dice que si tuviera «mil vidas», las mismas serían para el continente negro. ¡África te conquista!
Inspiración divina
Compartí por un mes la vida de los sacerdotes y hermanos combonianos; sus trabajos pastorales y de promoción de la juventud se desarrollan en áreas rurales y suburbanas. Es admirable que con tan escasos medios materiales y económicos hagan tanto. A ellos un «gracias» por su hospitalidad misionera que me brindaron con tanta generosidad. En cada comunidad que llegué me hicieron sentir un espíritu de comunión fraterna.
Más que entender, he comenzado a sentir lo que ellos llaman «fondo común» para la misión. Yo simplemente me sentí en casa. Ahora que los recuerdo les ofrezco la certeza de mi oración y mucho ánimo misionero para que el carisma comboniano siga entusiasmando a muchos laicos misioneros de México que gusten visitar las misiones de Malawi-Zambia.
Estando en África entendí que la misión es de todos y visitarla es lo menos que podemos hacer. Entendí también que cada año hay visitas y voluntarios de otros países. ¿Por qué no también de México? Yo espero que muchos tengan la posibilidad de conocer y trabajar en ese continente. Cuando el Espíritu Santo inspira se encuentran los medios para pagar el precio que África merece.








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