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MISIONEROS EN CAMINO: Misión: a la Otra orilla
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martes, 14 de octubre de 2008

Misión: a la Otra orilla



«Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). Es claro el mandato misionero que Jesús dio a la Iglesia, según san Mateo: sus discípulos han de ser de todas las razas, naciones y culturas de la Tierra. En el evangelio de san Marcos, la universalidad de la misión es reforzada cuando dice: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a toda criatura» (Mc 16,15). Desde entonces, la Iglesia ha enviado misioneros a todo el orbe porque es un derecho de todo ser humano escuchar la Buena Nueva, pero también, un derecho y una obligación de todo bautizado anunciarla. Después de 2 mil años, Juan Pablo II señaló con preocupación: «El número de los que no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión» (Redemptoris Missio, 3); por eso afirma el Papa que «la misión ad gentes está todavía en los comienzos» (RM, 40); Hoy, esta urgencia ad gentes parece estar en crisis.

El continente de la esperanza misionera
América Latina fue bautizada por Juan Pablo II como «el continente de la esperanza», en el mensaje que envió con motivo del COMLA 3, celebrado en Bogotá, Colombia, en 1987. Nombre que se volvió común en muchos ámbitos eclesiales para la Iglesia latinoamericana y que Benedicto XVI lo utilizó en su mensaje inaugural de la celebración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, Brasil, del 13 al 31 de mayo de 2007.

Juan Pablo II pensó que América Latina sería el continente de la esperanza misionera por dos razones principales: 1. Casi la mitad de los católicos del mundo viven en América Latina mientras que en Europa el número de seguidores de Jesucristo va en declive. Esto ha provocado que en Europa las vocaciones consagradas, sacerdotales, religiosas y misioneras se redujeran de una manera drástica, casi al punto de extinción, mientras que en América Latina se había dado un auge vocacional. 2. La Iglesia latinoamericana es joven, dinámica y cuenta con cinco siglos de evangelización. Esto la hace idónea para trabajar con energía y entusiasmo en la labor misionera que Jesús le dejó a la Iglesia, tanto al interior de sus fronteras como fuera de ellas, con un compromiso doble, al mismo tiempo, hacia dentro de sí misma y hacia fuera, o como lo llama el documento de Aparecida en la «misión a la otra orilla» (Documento de Aparecida, 376).

Sin embargo, el continente de la esperanza misionera no ha logrado dar una respuesta contundente, enérgica y abundante que haga una diferencia en la «misión a la otra orilla», los números hablan por sí mismos: en el continente americano se concentra casi el 50 por ciento de católicos del mundo (541 millones), pero sólo contribuimos con 15 por ciento del total de misioneros que evangelizan en la «misión a la otra orilla», mientras que Europa sólo cuenta con 25 por ciento de católicos y contribuye con 71 por ciento de misioneros en el mundo. Si vemos el número de misioneros que se envían y que se reciben, la situación es más dramática. América del Sur envía 5 mil 785 misioneros, en tanto que recibe 12 mil 011, más del doble de lo que se da. América (todo el continente) envía 13 mil 978 misioneros y recibe 13 mil 656. Comparado con América, el caso de Asia es impresionante porque este sólo cuenta con 10 por ciento de católicos en el mundo (113 millones) y envía 9 por ciento del total de misioneros. En cuanto a la recepción de misioneros la situación es muy desigual, ya que Asia (donde la fe cristiana es una minoría) sólo recibe 6 mil 306 misioneros contra los 13 mil 656 que obtiene América. En Oceanía la situación es aún peor, porque sólo acoge mil 647 misioneros. ¡Sorprendente e increíble! El continente más cristiano recibe el doble de misioneros que los continentes de Asia y Oceanía, donde Jesús es un desconocido para millones de personas.

La situación se torna aún más preocupante porque, por un lado, la Iglesia latinoamericana no ha logrado cubrir sus necesidades de vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, mientras que por otro, parece estar cayendo en la tentación de encerrarse en sí misma, sin ver hacia fuera, hacia «la otra orilla». Ahora es muy común escuchar a todos los niveles dentro de la Iglesia (padres de familia, sacerdotes y hasta algún obispo) que le aconsejan a los laicos en general, y a los jóvenes en particular, que no tienen que ir a África o Asia para ser misioneros, que mejor trabajen en sus familias, parroquias, diócesis y países y se olviden de ser misioneros en otros lados, algunos hasta los acusan de querer ser, como dice el dicho mexicano: «candil de la calle y oscuridad de su casa».

Sin embargo, Juan Pablo II reflexiona sobre la urgencia y necesidad de la misión ad gentes: «La actividad misionera representa aún hoy en día el mayor desafío para la Iglesia… Es cada vez más evidente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la humanidad» (RM, 40).

Discípulos misioneros
El eje central del documento de Aparecida es la doble vocación de cada bautizado, de cada diócesis, de cada Iglesia local que consiste en ser, al mismo tiempo, discípulo y misionero de Jesucristo. No se puede ser auténtico cristiano sin vivir intensamente estas dos dimensiones de la vocación bautismal, por eso señala el documento: «Discipulado y misión son las dos caras de una misma moneda: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva» (DA, 146).

La vocación misionera de la Iglesia también tiene dos caras de una misma moneda: la misión hacia el interior de la cristiandad y la misión hacia fuera, a ésta última el documento de Aparecida la llama: misión universal, misión hacia todos los continentes o misión sin fronteras (DA, 376). La Iglesia no vive su vocación misionera si sólo se preocupa por una sola de estas dimensiones y descuida la otra. Este es uno de los grandes riesgos que corre la Iglesia latinoamericana después de Aparecida, ya que en un documento de 554 números, sólo unos cuantos hablan de la «misión a la otra orilla», mientras que una mayoría abrumadora trata el tema de la misión hacia el interior del continente. Sólo una pequeña sección del documento que consta de siete números (373-379) aborda el tema de la misión a otros continentes. La conclusión de esa sección es un tanto decepcionante porque termina invitando a la Iglesia latinoamericana a que participe en congresos misioneros, en lugar de hacer un fuerte llamado para que el continente de la esperanza, desde su pobreza, invierta recursos tanto humanos como económicos en la empresa misionera universal y, de esta manera, como el mismo documento lo afirma, se de «una nueva primavera de la misión ad gentes» en el continente (DA, 379).

Aún hay esperanza
La confianza que la Iglesia ha depositado en el «Continente de la esperanza misionera» no ha cambiado. Se espera que este milenio que comenzamos, la Iglesia latinoamericana se fortalezca y madure en la fe dando con generosidad, como la viuda del Evangelio, dando de lo que tiene que vivir (Mc 12,41-44), y que no caiga en la inmadurez y el egoísmo de pensar que sólo dará cuando cubra sus necesidades o de lo que no necesita para vivir. Por el contrario, que sepa dar con agradecimiento por el abundante número de misioneros y misioneras que han evangelizado América Latina por más de 500 años. No olvidemos la reflexión de Juan Pablo II sobre la relación entre misión, fe y vida cristiana: «En efecto, la misión renueva a la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!» (RM, 2).

El despertar misionero que Aparecida quiere suscitar en todo discípulo se presenta como una gran oportunidad y reto para el «Continente de la esperanza», para que, como se lo propone, logre poner a la Iglesia latinoamericana en un estado permanente de misión (DA 213 y 551), pero sin limitarse sólo a la gran misión continental sino proyectándose también a la misión en «la otra orilla» para que viva en plenitud su vocación y razón de ser.

CAM 3: repensar la «misión a la otra orilla»
Después de un largo recorrido con la celebración de los congresos misioneros locales y continentales y al final del Tercer Congreso Americano Misionero (CAM3) - Octavo Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA8), la Iglesia latinoamericana y continental debería repensar la contribución concreta que está dando y puede dar a la misión en todos los continentes, a «la misión en la otra orilla». El celebre número 368 del documento de Puebla, es una exhortación clara y concreta en la lógica del Evangelio: «Finalmente, ha llegado para América Latina la hora de intensificar los servicios entre las Iglesias particulares y de proyectarse más allá de sus propias fronteras ad gentes. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza» (Documentos de Puebla, 368).

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WebJCP | Abril 2007