El día de Pentecostés de 1922, el Papa Pío XI interrumpía su homilía para hacer circular entre los cardenales, obispos, sacerdotes y fieles su propio solideo blanco, iniciando la primera colecta a favor de las misiones. Desde entonces, pasando por las huchas-cabecitas que formaron parte del paisaje de nuestras escuelas a mediados del pasado siglo, hasta el cartel de este año, el Domund nos sigue recordando la vocación misionera de la Iglesia.
En el año del bimilenario del nacimiento de Pablo en Tarso, el Domund se llena de las resonancias de la impresionante figura del Apóstol de los gentiles, quien ilustra con vigor la urgencia de su vocación y de nuestra vocación: “Ay de mí si no evangelizo!”. Como Pablo, todos somos misioneros por vocación, por llamamiento. Estamos, pues, recordando y celebrando gozosamente la vocación misionera de la Iglesia, de todos los que formamos la Iglesia.
Camino de Damasco, el celoso perseguidor de la comunidad cristiana, (“Perseguía yo con gran furia a la Iglesia de Dios y la devastaba”), cae al suelo cegado por un resplandor vivísimo: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?”. Pablo no hablará nunca de “conversión” sino de “vocación”. La voz le interpela para hacerle “testigo ante todos los hombres” del misterio de Dios: para que proclame que Dios quiere la salvación de todos en Jesucristo.
Desde entonces, ni las persecuciones, ni las cárceles, ni los asaltos, ni las detenciones, ni los naufragios, ni las hambres, ni la sed... ni nada pudo apagar el fuego evangélico de Pablo. “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”, escribirá. Primero en Asia Menor, después en Europa, serán lugares para proclamar, como él urgirá a su discípulo Timoteo: “Proclama la Palabra de Dios a tiempo y a destiempo”.
Como no podía ser de otra manera, en él, en Pablo de Tarso, se sustenta el cartel del DOMUND de este año. El obispo inclinado, con la cruz como oferta perpetua, la Iglesia inclinada hacia los más pobres, que clavan su mirada en la cruz, como este niño, son la realidad que sigue viva desde los comienzos de la evangelización.
Como Pablo, como Timoteo, como los Apóstoles, como los misioneros, todos hemos recibido la llamada en el bautismo y el encargo de mostrar al mundo el rostro de Cristo, crucificado y resucitado, que nos salva.
Y hemos de realizar la tarea evangelizadora por el anuncio directo del Evangelio (“La Fe entra por el oído”) con todos los medios a nuestro alcance: palabra, (evangelización, predicación, catequesis); medios de comunicación social, (prensa, radio, televisión, internet), literatura, arte, convivencia...
Pero el anuncio de la palabra ha de ir acompañado con el testimonio de nuestra vida, nuestro compromiso por la promoción humana, por el reconocimiento de la dignidad de persona, de los hijos de Dios, nuestros hermanos. Como el niño del cartel, de mirada asombrada, todos están esperando nuestra visita misionera. En nuestros días, es posible que no necesitemos billete de avión; podemos comenzar por nuestra familia; seguir por los vecinos de nuestra casa, y terminar en nuestra calle, en este mundo nuestro, paganizado, que nos rodea.
En el año del bimilenario del nacimiento de Pablo en Tarso, el Domund se llena de las resonancias de la impresionante figura del Apóstol de los gentiles, quien ilustra con vigor la urgencia de su vocación y de nuestra vocación: “Ay de mí si no evangelizo!”. Como Pablo, todos somos misioneros por vocación, por llamamiento. Estamos, pues, recordando y celebrando gozosamente la vocación misionera de la Iglesia, de todos los que formamos la Iglesia.
Camino de Damasco, el celoso perseguidor de la comunidad cristiana, (“Perseguía yo con gran furia a la Iglesia de Dios y la devastaba”), cae al suelo cegado por un resplandor vivísimo: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?”. Pablo no hablará nunca de “conversión” sino de “vocación”. La voz le interpela para hacerle “testigo ante todos los hombres” del misterio de Dios: para que proclame que Dios quiere la salvación de todos en Jesucristo.
Desde entonces, ni las persecuciones, ni las cárceles, ni los asaltos, ni las detenciones, ni los naufragios, ni las hambres, ni la sed... ni nada pudo apagar el fuego evangélico de Pablo. “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”, escribirá. Primero en Asia Menor, después en Europa, serán lugares para proclamar, como él urgirá a su discípulo Timoteo: “Proclama la Palabra de Dios a tiempo y a destiempo”.
Como no podía ser de otra manera, en él, en Pablo de Tarso, se sustenta el cartel del DOMUND de este año. El obispo inclinado, con la cruz como oferta perpetua, la Iglesia inclinada hacia los más pobres, que clavan su mirada en la cruz, como este niño, son la realidad que sigue viva desde los comienzos de la evangelización.
Como Pablo, como Timoteo, como los Apóstoles, como los misioneros, todos hemos recibido la llamada en el bautismo y el encargo de mostrar al mundo el rostro de Cristo, crucificado y resucitado, que nos salva.
Y hemos de realizar la tarea evangelizadora por el anuncio directo del Evangelio (“La Fe entra por el oído”) con todos los medios a nuestro alcance: palabra, (evangelización, predicación, catequesis); medios de comunicación social, (prensa, radio, televisión, internet), literatura, arte, convivencia...
Pero el anuncio de la palabra ha de ir acompañado con el testimonio de nuestra vida, nuestro compromiso por la promoción humana, por el reconocimiento de la dignidad de persona, de los hijos de Dios, nuestros hermanos. Como el niño del cartel, de mirada asombrada, todos están esperando nuestra visita misionera. En nuestros días, es posible que no necesitemos billete de avión; podemos comenzar por nuestra familia; seguir por los vecinos de nuestra casa, y terminar en nuestra calle, en este mundo nuestro, paganizado, que nos rodea.








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