
¿Cómo hablar de esperanza a quien ha perdido todo? ¿Cómo hablar del amor de Dios a quién vive excluido por la sociedad? ¿Cómo decirle a alguien que ha sido violentado en todos los sentidos que vale la pena vivir? Un grupo de laicos, acompañados por unas religiosas, han aceptado este reto.
Santa Fe: un suburbio al poniente de la Ciudad de México, pueblecito «devorado» por la mayor macropoli del mundo; asentamiento prehispánico donde Tata Vasco construyó el primer hospital para indígenas; barrios donde la pobreza se convierte en miseria y donde la gente vive hacinada al borde de las barrancas y desagües. Paradójicamente, la nueva parte de Santa Fe, construida sobre los grandes basureros de los años ochentas, es ahora la zona de los grandes rascacielos y emporios económicos del país. Opulencia y miseria; dos realidades «agresivamente» contrastantes en un mismo espacio; por un lado, el «Primer mundo» capitalino mexicano, y por otro, «el último mundo» de la misma gran ciudad.
En este escenario de contradicciones han aceptado el reto de vivir, al lado de los más pobres, una pequeña comunidad de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, quien, junto con un grupo de laicos, los «Caminantes de paz», se esmeran en acompañar a la «lacra de la sociedad» (como ellos mismos se autonombran), jóvenes y niños toxico-dependientes que hacen de todo –o son capaces de todo– para procurarse las drogas que los evaden de la realidad; muchachos que viven en situación de prostitución, narcomenudeo, violencia, pandillerismo y delincuencia.
Un viernes de mayo por la noche, fui invitado por la hermana Ofelia Lozano Orozco a caminar por las calles y barrios de la baja Santa Fe para conocer el apostolado que ha asumido este grupo de laicos comprometidos a favor de «los últimos» de nuestra sociedad.
La historia de Lupita
Caminamos varias cuadras por las oscuras callejuelas de los barrios, grupos de muchachos fumando mariguana e inhalando solventes conversaban animadamente en las esquinas, pero como ya conocían a la «famosa» hermana y a sus acompañantes, no nos molestaban; por el contrario, nos saludaban con camaradería y hasta nos ofrecían «sus productos». Nosotros sólo sonreíamos y les decíamos que «no le hacíamos a eso» y que íbamos de paso a visitar a una enfermita.
La encontramos en su lecho, temblando por el efecto de las drogas. Lupita, conocida en el barrio como «La Cucaracha»; señora joven, mamá de tres hijos y consumidora de solventes iniciada a muy temprana edad. Al vernos quiso levantarse, pero no pudo, sus ojos perdidos indicaban que estaba un poco ausente, aunque no dejaba de sonreír. Nos platicó que ya había estado en varios centros de recuperación para tóxico-dependientes, pero que no había conseguido salir del vicio; que todavía pasaba algunas noches oliendo gasolina, aguarrás, pegamento para zapatos o resistol 5 mil. Nos contó que su esposo y su hijo mayor llevaban varios años en la cárcel y que sus otros dos niños han ido creciendo en «la escuela de la calle».
Antes de despedirnos, Lupita irrumpió en un llanto callado y nos agradeció el haberla ido a visitar; nos dijo que gracias a personas como nosotros ella podía sentir que Dios la seguía amando y que no se olvidaba de ella.
Nuestra historia
«Lupitas» hay muchas en México y en el mundo entero; gente que ha caído en las «garras» de la drogadicción y que no ha podido salir. Lupita es cada una de las muchachas que vemos por las calles prostituyéndose todas las noches; es aquel joven que atraca con violencia a los transeúntes, es aquel niño de ojos perdidos tirado a la salida del metro, es aquella madre que ha perdido toda esperanza de volver a ver a su hijo que está preso, es aquel muchachito que vende drogas en los parques de nuestra ciudad.
Sin embargo, también existen otras historias, las de los «Caminantes de paz», héroes anónimos que sin estar bajo la luz de la publicidad, visitan enfermos y presos, organizan actividades para la rehabilitación de tóxico-dependientes, llevan comida a los indigentes, apoyan asilos de ancianos y a orfanatos, salen a las calles y barrios bajos de la gran ciudad a compartir su fe y esperanza en un mundo mejor. Ellos son las manos y la voz de Cristo que hacen sentir a cientos de personas que viven en «la cloaca» del mundo que Dios es amor, que no los ha abandonado y que está cerca de ellos.
Por todos estos caminantes de paz que nos muestran que al andar se hace camino, Esquila les rinde honor y los considera «testigos del amor».
Santa Fe: un suburbio al poniente de la Ciudad de México, pueblecito «devorado» por la mayor macropoli del mundo; asentamiento prehispánico donde Tata Vasco construyó el primer hospital para indígenas; barrios donde la pobreza se convierte en miseria y donde la gente vive hacinada al borde de las barrancas y desagües. Paradójicamente, la nueva parte de Santa Fe, construida sobre los grandes basureros de los años ochentas, es ahora la zona de los grandes rascacielos y emporios económicos del país. Opulencia y miseria; dos realidades «agresivamente» contrastantes en un mismo espacio; por un lado, el «Primer mundo» capitalino mexicano, y por otro, «el último mundo» de la misma gran ciudad.
En este escenario de contradicciones han aceptado el reto de vivir, al lado de los más pobres, una pequeña comunidad de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, quien, junto con un grupo de laicos, los «Caminantes de paz», se esmeran en acompañar a la «lacra de la sociedad» (como ellos mismos se autonombran), jóvenes y niños toxico-dependientes que hacen de todo –o son capaces de todo– para procurarse las drogas que los evaden de la realidad; muchachos que viven en situación de prostitución, narcomenudeo, violencia, pandillerismo y delincuencia.
Un viernes de mayo por la noche, fui invitado por la hermana Ofelia Lozano Orozco a caminar por las calles y barrios de la baja Santa Fe para conocer el apostolado que ha asumido este grupo de laicos comprometidos a favor de «los últimos» de nuestra sociedad.
La historia de Lupita
Caminamos varias cuadras por las oscuras callejuelas de los barrios, grupos de muchachos fumando mariguana e inhalando solventes conversaban animadamente en las esquinas, pero como ya conocían a la «famosa» hermana y a sus acompañantes, no nos molestaban; por el contrario, nos saludaban con camaradería y hasta nos ofrecían «sus productos». Nosotros sólo sonreíamos y les decíamos que «no le hacíamos a eso» y que íbamos de paso a visitar a una enfermita.
La encontramos en su lecho, temblando por el efecto de las drogas. Lupita, conocida en el barrio como «La Cucaracha»; señora joven, mamá de tres hijos y consumidora de solventes iniciada a muy temprana edad. Al vernos quiso levantarse, pero no pudo, sus ojos perdidos indicaban que estaba un poco ausente, aunque no dejaba de sonreír. Nos platicó que ya había estado en varios centros de recuperación para tóxico-dependientes, pero que no había conseguido salir del vicio; que todavía pasaba algunas noches oliendo gasolina, aguarrás, pegamento para zapatos o resistol 5 mil. Nos contó que su esposo y su hijo mayor llevaban varios años en la cárcel y que sus otros dos niños han ido creciendo en «la escuela de la calle».
Antes de despedirnos, Lupita irrumpió en un llanto callado y nos agradeció el haberla ido a visitar; nos dijo que gracias a personas como nosotros ella podía sentir que Dios la seguía amando y que no se olvidaba de ella.
Nuestra historia
«Lupitas» hay muchas en México y en el mundo entero; gente que ha caído en las «garras» de la drogadicción y que no ha podido salir. Lupita es cada una de las muchachas que vemos por las calles prostituyéndose todas las noches; es aquel joven que atraca con violencia a los transeúntes, es aquel niño de ojos perdidos tirado a la salida del metro, es aquella madre que ha perdido toda esperanza de volver a ver a su hijo que está preso, es aquel muchachito que vende drogas en los parques de nuestra ciudad.
Sin embargo, también existen otras historias, las de los «Caminantes de paz», héroes anónimos que sin estar bajo la luz de la publicidad, visitan enfermos y presos, organizan actividades para la rehabilitación de tóxico-dependientes, llevan comida a los indigentes, apoyan asilos de ancianos y a orfanatos, salen a las calles y barrios bajos de la gran ciudad a compartir su fe y esperanza en un mundo mejor. Ellos son las manos y la voz de Cristo que hacen sentir a cientos de personas que viven en «la cloaca» del mundo que Dios es amor, que no los ha abandonado y que está cerca de ellos.
Por todos estos caminantes de paz que nos muestran que al andar se hace camino, Esquila les rinde honor y los considera «testigos del amor».







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