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jueves, 3 de julio de 2008

Provocación misionera: La paradoja del sufrimiento

Ernesto Duque
Publicado por Antena Misionera

El anuncio del Reino de Dios proclamado por Jesús supone la superación de todo aquello que nos impedir ser verdaderamente hombres.
Y entre las realidades a superar está el miedo al sufrimiento, algo tremendamente ambiguo.
Jesús anuncia la llegada del día en el que los ciegos vean, los cojos caminen, los sordos oigan, los encarcelados vean la luz del sol, los pobres escuchen la buena noticia (Lc 4, 16-21).
Deja claro que no es voluntad de Dios que el hombre sufra.
Pero es verdad que el sufrimiento no ha desaparecido, que sigue siendo cosecha abundante en nuestro tiempo.Se ha mantenido y se mantiene el argumento de que el sufrimiento es algo que ayuda a la persona humana a crecer y a madurar. Que es algo que ayuda a hacerse solidarios con el resto de personas que sufren.

En parte, al menos, es verdad. Pero uno se pregunta si no habría otros “métodos” para crecer, madurar y ser solidarios sin tener que sufrir. Más si tenemos en cuenta que la voluntad de Dios es la felicidad del hombre: léanse las bienaventuranzas donde Jesús expresó su proyecto: “Felices… “ (Mt 5. 1-11).

Dios quiere la felicidad del hombre. Ante la presencia inevitable del sufrimiento nos enfrentamos a un tema difícil pero que no podemos eludir.

De antemano sé que no tengo respuesta. Lo más que puedo hacer es enfocarlo desde el tema de la misión que puede ofrecer caminos para vivirlo.

Meter todo en el mismo saco
Quizás uno de nuestros errores ha sido el meter todo tipo de sufrimiento en el mismo saco. Y no todo tipo de sufrimiento es equiparable.
Ante todo podemos distinguir tres tipos de sufrimiento:
* el sufrimiento inevitable que nace de la limitación humana, es el caso de enfermedades o desgracias de las cuales no podemos culpar a nadie. Nuestra condición es naturalmente limitada y en ocasiones nos lleva al dolor.
* el sufrimiento evitable. Hay demasiados millones de personas en nuestro mundo que sufren a causa del egoísmo o la indiferencia de otras personas. Sufrimientos que serían evitables: demasiada sangre se derrama a causa del hambre, la violencia, las condiciones injustas de trabajo, la discriminación… la lista se podría ampliar mucho.
*el sufrimiento libremente aceptado. Es el de aquellos que luchan por un mundo mejor y más justo. Saben que eso tiene un precio, a veces demasiado caro, pero están dispuestos a pagarlo.

El sufrimiento de Jesús
Jesús sufrió. Y sufrió hasta la muerte y muerte en cruz. Pero era consciente de dónde se metía: “nadie me quita la vida, soy yo quien la entrego libremente”. A quienes lo siguieran les aseguró que serían perseguidos y muchos de ellos lo pagarían con su vida.

Comprometerse en la construcción del Reino de Dios supone aceptar el sufrimiento como parte de nuestra vida. Pero estamos hablando de un sufrimiento fecundo.

Jesús lo expresó con una claridad meridiana: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. (Jn 16. 20-22).

Este es el sufrimiento que el misionero asume como parte de su tarea.

El sufrimiento evitable
Tampoco el misionero puede permanecer impasible frente a cualquier sufrimiento evitable. Forma parte de su misión hacer lo posible por eliminarlo. Como Jesús que pasó haciendo el bien, curando enfermos, dando de comer a hambrientos, liberando a quienes padecían cualquier tipo de esclavitud.

Aunque eso suponga enfrentarse con las estructuras dominantes y arriesgar su propia vida,

El sufrimiento inevitable
El más difícil de afrontar, pero que puede ayudar a la persona situarse en su verdadera dimensión, sabiendo que no es superior a nadie, dándole la capacidad de hacerse cercano a todos los que experimentan la debilidad y, sobre todo, capaz de vivir y transmitir una esperanza que va más allá de la “caducidad” humana.

Hoy, quizás más que nunca, la misión necesita “testigos de la esperanza”, de una esperanza que va más allá de las palabras y se forja en el sufrimiento.
Lo cierto es que no puede haber misión sin sufrimiento.

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WebJCP | Abril 2007